Milton Luna

¡Apagar la TV y abrir un libro!

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Convoquemos a la desobediencia civil, a la resistencia contra los medios. Convoquemos a apagar la TV, dice a voz en cuello, María, una madre de familia indignada, en una reunión de representantes de un colegio de Quito. Estoy harta –continúa- que les pulvericen los cerebros y les carcoman el corazón, a nuestros hijos e hijas.

Sí, añade, Hugo, un padre de familia ubicado al fondo del aula, todos los programas son basura. No exageres, dice Esteban, otro papá del curso: No todos los programas son malos. Los noticieros de Ecuavisa y Telamazonas, se salvan. Visión 360 es muy bueno. Y el de debate de Andrés Carrión es lo único queda para la expresión de las ideas.

Lo demás es para llorar, reitera María: noticieros, crónica roja, sensacionalismo y comerciales degradantes. Programas sexistas y de uso del cuerpo de hombres y mujeres en horario triple A. “Comedias”, donde se exalta la discriminación étnica, género y opción sexual. El runa, el afro, el enano y el homosexual siendo objeto de burla y agresión.

No sé cuáles son los peores, dice Hugo. Si los programas rosa y de farándula criolla o las cadenas nacionales. No hablemos de eso, que me indigna, gruñe Esteban. Las peores son las sabatinas, donde hasta se enseña a los niños y a los jóvenes a resolver los problemas a trompadas, con insultos, exaltando la violencia y el machismo.

No hay duda, irrumpe nuevamente María: La mejor manera de proteger a nuestros niños y jóvenes es apagando la TV. Pero eso es insuficiente. Hay que apagar la televisión y simultáneamente, abrir un libro.

Sí, entonces, no solo hacemos una acción de protesta, sino también de propuesta, aporta Yolanda, la profesora, callada hasta ese momento. ¡Abrir un libro y leer junto a los chicos! Eso significa también, que sobrepasando el cansancio del día de trabajo, dediquemos un tiempo valioso a nuestros hijos. Hecho que será altamente valorado, fortaleciendo el contacto y las relaciones familiares.

La lectura a los más pequeños puede ser más fácil y con consecuencias altamente benéficas para ellos. Si les leemos un cuento, les quedará el hábito placentero de, a través de las páginas de un buen libro, dejar volar la imaginación, con lo que les desarrollará la creatividad, el ingenio y la paciencia. Y dependiendo del libro, también los valores. Con esto, aparte de generar un hábito fundamental, que les ayudara en los estudios en todos los niveles, les aportará múltiples capacidades y principios para la vida.

Pero profesora Yolanda, dice Hugo, nuestro esfuerzo desde las casas no es suficiente, la escuela debe también comprometerse con esta campaña, creando momentos y espacios mayores para la lectura. Exacto, dice la docente. Hagamos un pacto entre escuela y familia por el fomento del libro y de la lectura.
Me sumo. ¡Apagar la TV y abrir un libro!

mluna@elcomercio.org