Diego Araujo Sánchez

AP y la partidocracia

valore
Descrición
Indignado 5
Triste 0
Indiferente 8
Sorprendido 3
Contento 81

En el Ecuador los partidos políticos se organizan, en general, con propósitos electoralistas. Ganar las elecciones los convierte en fuente de empleo burocrático. Consistencia y novedad ideológica, programas de gobierno en consonancia con la realidad, reflexión sobre el país, educación de la ciudadanía, conexión con movimientos sociales, sindicatos y otros grupos intermedios y con los electores terminan por ser preocupaciones secundarias. El polo más fuerte de atracción para las afiliaciones es la posibilidad de asegurar un puesto, una chamba… Ejercen un poderoso atractivo las funciones del Estado con sus puestos estrella y los bien remunerados de las asesorías, comisiones y demás destinos para disfrutar del presupuesto público. Hasta los fondos partidistas ofrecen oportunidades para sacar alguna tajada…

El país no ha conseguido crear un régimen fuerte de partidos, ni su institucionalización. La fragmentación parece un fruto predecible de la debilidad institucional. La existencia de los partidos y la actividad política muestran una dependencia muy grande del caudillo de turno. La presencia del liderazgo populista en el siglo XX, desde Velasco Ibarra en adelante, ahondó la debilidad partidista. Ese tipo de liderazgo exigió generar redes clientelares antes que la participación política de los ciudadanos. ¿Vota alguien en el Ecuador por un partido o vota por un personaje político? Ni tendencias, ni orientaciones ideológicas pesan tanto como las figuras individuales. La volatilidad del electorado nacional se halla estrechamente vinculada al carácter personalista antes que institucional de la representación política.

La división de Alianza País evidencia la congénita debilidad de los movimientos políticos. Después de nutrirse a lo largo de la década con las prebendas del poder y las sucesivas victorias electorales, la organización oficialista ha mostrado los mismos vicios y debilidades de cualquier otro partido. La disputa de liderazgos lo escindió en dos alas, la correísta y la morenista. Cuando nació el movimiento político, hizo de la estigmatización de los partidos una bandera publicitaria; en su ocaso, reproduce la misma apariencia de la más rancia partidocracia. ¿No es una deplorable imagen la que deja el grupo correísta en la retina de los ciudadanos el abandono de la sede de AP en Quito con las paredes borroneadas de insultos contra quienes hasta hace poco eran compañeros de lucha política? Los opositores convertidos en enemigos es herencia directa de Rafael Correa. Este y sus fans ya anuncian que, después de la consulta, se dedicarán al parto de otro movimiento político que, bajo el nombre de partido de la Revolución Ciudadana, reproducirá el personalismo caudillista del movimiento que perdieron, con un RC listo a pastorear su tienda política desde el distante ático belga.

daraujo@elcomercio.org