Carlos Alberto Montaner

Los antisistema

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
24 de May de 2011 00:03

Se hacen llamar, con cierto orgullo, los 'antisistema'. En España, miles de jóvenes han ocupado algunas plazas para protestar contra la falta de oportunidades. El desempleo general ronda el 20% de la fuerza laboral, pero entre los menores de 30 años ese porcentaje se eleva al 43%.

Los antisistema no solo protestan contra el desempleo. Protestan, además, contra los políticos que recortan el Estado de bienestar, y contra el sistema económico –el capitalismo, simbolizado por los bancos—, supuestamente culpable de todos sus quebrantos. Quisieran un Estado que les facilite vivienda digna, atención sanitaria y educación gratuitas; trabajo bien remunerado y jubilación decorosa.

¿Acaso no son esos los “derechos” sociales del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales firmados por 160 países en la Organización de Naciones Unidas?

Tales aspiraciones no son descabelladas -algunas sociedades las han satisfecho-, pero la única oportunidad para alcanzar el Estado de Bienestar es dentro del sistema, no fuera.

Es lo que hicieron las naciones del primer mundo, donde la mayoría vive como clase media.

Esas sociedades desarrollaron un denso tejido empresarial altamente competitivo, que, con los naturales altibajos, absorbe a los jóvenes con edad laboral.

En todas ellas, los ciudadanos entienden que el enemigo no es el sector empresarial, pues es el único donde se crea riqueza, y que los bancos son instituciones financieras muy importantes que intermedian entre los que tienen capital y quienes lo necesitan.

Los países en los que encontramos algo parecido al Estado de Bienestar, la mayoría sabe que para consumir previamente hay que producir, de manera que se esfuerzan en crear empresas y, mientras admiran a las personas emprendedoras de la sociedad, desprecian y persiguen a quienes se enriquecen o benefician por amiguismo y otras corruptelas.

Sin embargo, muy pocos de los antisistema parecen darse cuenta de las relaciones que existen entre el gasto público y la crisis.

Tampoco están dispuestos a admitir una de las más elementales verdades del análisis económico: un gobierno no puede gastar permanentemente más de lo que ingresa sin que, llegado cier-to punto crítico, sobrevenga la catástrofe.

Y si ese gobierno, además, para enfrentar el gasto público absorbe vía impuestos una parte exagerada de los recursos generados por la sociedad, destruye la formación de capital, destroza el aparato productivo y empobrece a la totalidad de sus miembros, sobre todo, a los más débiles.

En España, como sucede en Grecia o en Portugal, hay una crisis económica aguda, aunque pasajera, pero el alivio y la superación, insisto, no están fuera del sistema, sino dentro.

Fuera solo quedan el error, la frustración y el abismo.