23 de May de 2010 00:00

A la antigua

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Diego Pérez Ordóñez

A pesar de los avances mundiales en todos los campos (los periódicos de esta semana nos cuentan del desarrollo de una especie de célula artificial), Ecuador sigue siendo un país chapado a la antigua, políticamente orgulloso de sus nostalgias y añoranzas del pasado y presuntuoso de utopías ilusorias.

Muchas veces -y muchas veces últimamente- preferimos vivir de sueños inconclusos y de promesas mentirosas que bajar responsablemente al terreno de la realidad. Nos sentimos muy cómodos -esto desde hace mucho tiempo- idealizando y delirando sobre proyectos indefinidos y posiblemente irrealizables (como la integración latinoamericana) mientras la situación del país se deteriora.

Varios ejemplos: nos ufanamos de ser patria, a pesar de que nuestras instituciones se degradan y pierden su independencia cada día. Inflamos el pecho lleno de dignidad a pesar de que hemos destruido miles de empleos. A propósito, ¿hay algo más indigno que el desempleo?, ¿hay algo más indigno que la pobreza?

Creo que el debate es mucho más complejo y mucho más profundo que la simple negativa gubernamental a siquiera considerar un acuerdo de libre comercio con Europa o, para esos efectos, con cualquier país que no sea Venezuela, Irán, Bolivia o Nicaragua.

Creo que la argumentación va más allá de asustarnos porque nuestros países vecinos (que producen las mismas cosas o cosas muy parecidas) van a poder venderlas y nosotros no. La preocupación va más allá de la eterna discusión sobre cuestiones aparentemente técnicas como las barreras comerciales y los aranceles o sobre las restricciones.

Creo que el meollo del asunto es que nos negamos a ser un país moderno, un país que se adapte al mundo actual. Pensamos, todavía, que podemos seguir soñando con Bolívares y Ches Guevaras, que podemos encerrarnos en nuestros propios confines y darles lecciones de dignidad a los demás países.

Pensamos, con una mezcla de ingenuidad y cálculo político, que los otros países del mundo van a adoptar nuestras políticas. Pensamos que vamos a “sensibilizar” a los demás Estados para que firmen y respeten el Protocolo de Kioto (mientras nosotros violamos hasta la ley de gravedad con felonía) y que les vamos a dar clases de cómo evitar a los ángeles de las tinieblas del Fondo Monetario Internacional (mientras gastamos plata propia y ajena como el nuevo rico que organiza una fiesta de disfraces).

En fin, considero que la negativa oficial a siquiera evaluar la libertad de comercio no es la cuestión misma, sino el principio de la cuestión: apenas la muestra de nuestro tradicional espíritu de encierro, de nuestra versión del clásico espléndido aislamiento que adoptaron los ingleses cuando eran imperio.

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