Fabián Corral

Esos años viejos

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30 de December de 2013 00:04

El poder de los recuerdos convoca a los años viejos de otros tiempos. Por entonces, las ciudades eran más provincianas, las clases medias más modestas, las calles casi vacías, las plazas más grandes, los días más lentos, las familias más vinculadas, los viajes más escasos. Entonces, la arrogancia era rareza de algunos insoportables y de otros tantos tontos; la modestia y la cortesía eran reglas generales, y el respeto una nota ya antigua, pero muy firme entre los valores de gente que todavía alentaba alcanzar la distinción de que le dijeran "don", cuando no que le llamaran "caballero".

Otros tiempos en que a los personajes el pueblo se les juzgaba en las calles, con franqueza y sin miedo, y se les convertía en monigotes para, a la medianoche, incinerar con ellos los malos recuerdos, los disparates, los desafueros y todo lo que por entonces era la política del país; y para enterrar el año con la terca esperanza de que al próximo sería el de la felicidad. Todo eso entre la fanfarria de vecindario, los canelazos de los amigos y unos cuantos chistes contados al calor de la hoguera. Todo eso, para irse a casa a la hora del primer gallo, cuando no al campanazo madrugador, que recordaba que había misa de primero de enero, tempranera para los liberales y de mediodía y con desfile de elegantes para los conservadores.

En esos tiempos -y aún hoy- las llamas cumplían un rito de purificación. Era el entierro sumario del "viejo" el que convocaba a los guambras del barrio a saltar sobre las llamas, a tirar un globo, encender una camareta, y jugar así al protagonismo en la muerte de un año del que se recordaban solo los malos días, en una afirmación de esa vocación pesimista propia de los pueblos andinos; en efecto, en la quemazón había más desquite que esperanza; era, y es aún, el año nuevo más sepelio que nacimiento.

Por eso, quizá, proliferaban en las calles "las viudas", personajes a medio camino entre la plañidera y la bailarina, que eran, en realidad, mozos robustos, mal disfrazados y maquillados de modo burlesco. El óbolo que exigían, y al que se rendían de buen modo los transeúntes, servía para el precario fondo destinado a la botella de trago, el paquete de cigarrillos y el sánduche de la tienda de la esquina.

El año viejo, la fiesta de fuegos fatuos a la antigua, y los brindis de moda, el pavo y los buñuelos, rebasan la dimensión de la pura fiesta. Son testimonio de la esperanza de renacer desde las cenizas del monigote, que representan las frustraciones, las mínimas venganzas, las secretas condenas. El abrazo de medianoche es la afirmación de la persistencia de la familia, de la terca certeza de que, pese a las distancias, seguimos vinculados con padres, hijos y nietos, aunque fuese a través del correo o del skype, como evidencia de que todos ellos son parte de eso que llamamos intimidad .