José Ayala Lasso

Años felices en Estados Unidos

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
10 de May de 2014 00:02

 El presidente Correa, en su reciente gira académica por los Estados Unidos ha declarado que admira y siente un afecto profundo por el pueblo norteamericano y, para dar sustento a esa declaración de amor, ha dicho que en ese país se educó, obtuvo dos títulos universitarios y "pasó los cuatro años más felices" de su vida.

Si tales afectos y recuerdos son algo más que una pose circunstancial útil para dar sentido a su retórica, hay que concluir que Correa fue feliz en el país norteamericano, no a pesar sino gracias al sistema político que allí existe, respetuoso de los derechos, libertades y valores democráticos, lo que ha permitido a su población alcanzar envidiables niveles de calidad en la vida de todos los días. Sin embargo, tal sistema capitalista y liberal es objeto de las más superficiales condenas y diatribas en cada discurso destinado a forjar el populismo que da sustento a la revolución ciudadana.

Si Correa fue feliz dentro del sistema norteamericano, ¿por qué no procura aplicarlo para ofrecer al pueblo ecuatoriano la posibilidad de ser feliz? ¿Por qué, si fue feliz en la sociedad norteamericana, tiene como objetivo político seguir los lineamientos de la revolución que ha llevado a Venezuela a la crisis y al empobrecimiento que todos, comenzando por su propio pueblo, reconocen que es el resultado de las políticas chavistas, mal seguidas por Maduro? Si Correa vivió feliz en los Estados Unidos, eso no le impidió, seguramente, percibir las imperfecciones e injusticias de su sistema político. Consecuentemente, hubiera podido concebir un esquema de "proyecto político" que, al tiempo de ofrecer a a los ecuatorianos la felicidad que él tuvo, añada los réditos adicionales resultantes de la corrección de los abusos e injusticias que ciertamente existen en Norteamérica.

Correa fue feliz, pero parece no querer que el pueblo ecuatoriano lo sea en la misma forma. Pretende inventar una nueva fórmula de felicidad basada en el "humanismo" dictado por la sabiduría de Maduro, en un desarrollo social que divide al pueblo, enfrenta a unos contra otros y prepara así el caldo de cultivo de la inconformidad que ahora estalla en las ciudades de Venezuela, con sus predecibles excesos y dramas. No quiere que exista la división de poderes tan propia de los Estados Unidos, que causó la admiración de Tocqueville, sino un poder monopólico para gobernar mediante decretos-leyes, ante la sumisa resignación jovial de una Asamblea de no videntes, no oyentes, no parlantes y, por lo tanto, no pensantes. Busca encarnar Correa a un presidente que dotado de sabiduría y bondad sin límites, use poderes ilimitados para -nuevo Mesías- volverle al Ecuador un milagro de desarrollo, multiplicar panes y peces y resucitar cada cuatro años después de los "triunfos" del 23 de febrero.