Roque Morán Latorre

Año nuevo, renovación humana

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15 de January de 2014 00:02

Un nuevo año se ha venido como torbellino a un mundo que no tiene tregua, que intenta conservar su aliento pero no logra contener la vertiginosidad del tiempo que abruma, que transcurre su cotidianidad en lo superfluo, con un materialismo que arrasa. En medio de este aturdimiento ¿pretendemos una sociedad mejor? Pero… parece estar soslayado que, primero, deberíamos esforzarnos por ser mejores nosotros mismos.

Voces y luces en esta ruta siempre serán oportunas para enderezar rumbos, varias resultan aportadoras eficaces. Por ello quisiera que recordemos a Stephen R. Covey, fallecido en julio de 2012, a la edad de 79 años; de sus múltiples virtudes: un ejemplar esposo, prolífero abuelo y padre de familia; con sólida formación académica, un verdadero gurú organizacional que, a través de sus cátedras, enseñanzas, libros y asesorías, contribuyó -y continúa haciéndolo- a que muchas empresas -y personas- mejoren su productividad, administren mejor su tiempo y se conviertan en entes que aporten positivamente para una mejor humanidad; su cimiento: la gestión, cualquiera que esta sea, fundamentada en trascendentes valores y principios.

Sutilmente nos guía a conciliar lo filosófico con lo práctico, con gran sentido común, nos impulsa a equilibrar el accionar humano en cuatro dimensiones fundamentales: física, espiritual, mental y emocional; si una de estas no tiene solidez, perjudica a las otras tres.

La dimensión física nos impele a respetar, cuidar y, sobre todo, ordenar nuestro cuerpo, desde la práctica de hábitos elementales como ingerir comida sana, concederle descanso adecuado, hasta realizar ejercicio con regularidad, esfuerzo y disciplina; la dimensión espiritual nos concede un norte, una dirección certera que, aunque privada e íntima, afinca nuestro sistema de valores, siempre que sea realizada con autenticidad, sin concesiones acomodaticias; la dimensión mental -o intelectual- con el autoestudio e investigación personales, alimentan nuestra inteligencia, nos dan sabiduría y vasto conocimiento, para poder así entender mejor a las otras personas y a los sucesos del mundo; la dimensión emocional nos mueve a mantener el equilibrio personal, a ser tolerantes, empáticos con quienes son distintos, que actúan de manera diferente y piensan disímil, en especial, con los que tenemos lazos de amor humano: cónyuge, hijos, padres, hermanos, abuelos, amistades .

Esto que mencionamos tan rápido y sintetizado, desde luego, obliga brío y sacrificio; nada de lo que realmente vale la pena se lo consigue sin voluntad, carácter y disciplina. Muchos pretenderemos, como lo dijimos al inicio, mejorar el mundo pero, si no hay una exigencia, una lucha por equilibrar nuestra propia vida, esforzándonos en esas cuatro dimensiones, todo será letra muerta, simple lírica, retórica intrascendente.