4 de July de 2010 00:00

Anillo al dedo

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Diego Pérez Ordóñez

La victoria de un candidato de derechas y parcialmente posturibista en las elecciones presidenciales colombianas le cae como anillo al dedo al régimen ecuatoriano, por dos razones distintas pero conectadas entre sí. La primera es de política interna. La segunda, de política internacional.

Vamos por pasos. La razón de política interna es la siguiente: el presidente electo colombiano encaja admirablemente en la categoría del enemigo exterior perfecto. Viene de una larga familia de periodistas, factor que lo convierte en no fiable y corrupto por definición y de entrada. Es el heredero natural de las políticas del uribismo, en particular de la guerra sin cuartel contra la guerrilla y de la mano dura contra la delincuencia.

Además, es el campeón de los postulados neoliberales, como la promoción de la inversión y del fomento de la empresa privada. Palabras más, palabras menos, Juan Manuel Santos es la idea más acabada del ‘sparring’, en jerga pugilística.

Así, yo apostaría todas mis fichas a que las relaciones entre Ecuador y Colombia, al menos desde la perspectiva política formal, no mejorarán en el corto plazo. Es que la tentación es evidente y está muy cerca, a unos pocos cientos de kilómetros de distancia de Quito: tener un enemigo exterior, maligno, imperialista, pitiyanqui, entreguista, antipatriota, poco digno, es contar con el adversario ideal. Ideal para practicar la política de la confrontación, de la querella permanente. La destilación más exquisita de la política de la ira.

La razón de política internacional obedece a una lógica algo distinta, aunque complementaria. La querella permanente con Colombia nos permite (o al menos, así parece) mover la colita a Venezuela.

¿Es coincidencia que cada vez que nos acercamos a Bogotá, que manifestamos nuestras mejores intenciones de recomponer nuestra vecindad, Caracas nos jale la oreja?

Aunque el sistema político venezolano esté al borde del patatús, aunque el sistema económico venezolano esté muy cerca del síncope - ¿hay alguien que lo dude?- nos empeñamos en seguir flirteando con la extravagante tropicalia bolivariana.

Se puede debatir todo lo que ustedes quieran. Se puede matizar y recontramatizar lo que ustedes digan, pero para el analista independiente, para el observador imparcial sentado en una oficina en Londres o en Pekín, hay una clara simbiosis ecuatoriano-venezolana. Así, seguiremos poniendo primeras piedras por todos lados, anunciando proyectos binacionales de fantasía, compartiendo nuestra pobreza.

Y el automatismo será el mismo de hace siglos: revoluciones, constituciones, caudillos, revoluciones, constituciones y caudillos.

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