Enfoque internacional

Mujeres en el altar

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18 de julio de 2014 00:00

Ana Ribeiro. El País, Uruguay, GDA

Este lunes una elocuente imagen recorrió los informativos mundiales: casi rapada, pero adornada con delicadas caravanas, una mujer oficiaba misa cubierta por la capa púrpura. La Iglesia de Inglaterra —que en 1994 ordenó a las primeras sacerdotisas— aprobó el día 14 de julio el acceso de las mujeres al obispado.

Es una de esas noticias que obliga a echar la vista atrás. El largo camino detrás de esta conquista de la teología feminista se remonta hasta la Edad Media. Fue en el siglo XII que aparecieron las beguinas, grupos de mujeres que vivían al margen de las familias y de las autoridades religiosas y que se extendieron desde Lieja al resto del territorio europeo occidental.

Se agrupaban para defender su derecho a la propiedad privada y al trabajo, blindadas a todo influjo masculino por medio del voto de castidad. Un siglo más tarde, Guillermine de Bohemia escandalizó a esa misma Europa al afirmar que la redención de Cristo no había alcanzado a Eva, para lo cual creó una iglesia de mujeres que fue duramente perseguida por la inquisición.

Del otro lado del océano, en América Latina, Sor Juana Inés de la Cruz, la religiosa que conmovió al siglo XVII con su poesía, defendió su libertad de estudiar rodeada únicamente por “el sosegado silencio” de sus libros. Mientras que en los Estados Unidos, en el XVIII, Elizabeth Cady Stanton escribió ‘La biblia de la mujer’, referente no solo de su comunidad religiosa sino también del movimiento antiesclavista y del sufragista.

A partir de 1960 se reclamó la redefinición del patriarcado, la desnaturalización del trabajo doméstico, más libertades sexuales y los derechos de las mujeres sobre su cuerpo. La teología se sumó entonces al feminismo, acusando tanto al judaísmo como al cristianismo, de otorgarle al patriarcado sus bases doctrinales legitimatorias. Que Dios se represente y conciba como hombre les parecía prueba suficiente del desprecio hacia la mujer, cuya imagen era siempre sinónimo de tentación, curiosidad y pérdida del paraíso.

Actualmente coexisten dos corrientes: el “feminismo de la diferencia” que vitoria que “ser mujer es hermoso” (y mejor) porque el mundo femenino es contrario al poder y sus excesos; y el “feminismo de la igualdad”, que busca profundizar las igualdades legales, incluso apelando al método de la cuotificación.

Los espacios conquistados en las últimas décadas hacen de ese feminismo el más extendido y exitoso, aun cuando resta mucho por igualar y por aliviar. Es a ese feminismo de la igualdad que debe adjudicársele la nueva conquista: la obispo oficiando ante el altar.

La noticia obliga a mirar hacia adelante. No podrá la Iglesia Católica eludir el espejo que le ofrece la decisión de la Iglesia anglicana; ni podrá el mundo musulmán prolongar hasta el infinito ese magro sitial que les otorga a las mujeres, excluidas del paraíso.