Manuel Terán

Amortiguador

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Amás de tres quinquenios de su adopción, la dolarización sigue dando que hablar. Fueron muchos los que se opusieron, por innumerables razones, a que se instaure ese esquema en el país.

A comienzos del nuevo siglo, inmersos en una crisis que empobreció a un enorme número de familias, el gobierno de ese entonces optó como tabla de salvación por este mecanismo que, en teoría, evitaría a futuro emisiones de moneda sin respaldo, como había sido práctica de diversas administraciones que se sucedieron en la conducción del país. Lejos estaban en ese entonces de percibir que, a consecuencia de los resentimientos generados, el populismo se apoderaría del poder y se fortalecería políticamente a través del gasto y el despilfarro sin mesura alguna. Nadie previó, a ese tiempo, que se iban a instalar en la región regímenes que dislocarían economías de gran relevancia, a través de la práctica de la emisión inorgánica, potenciando una escalada inflacionaria que sumió en la postración y el atraso a países que otrora eran referentes en la búsqueda del camino al desarrollo. Tampoco se avizoró que aquellos gobiernos iban a ser los aliados políticos, que participaban de la misma matriz conceptual, del que se instaló en el Palacio de Carondelet. Pese a haber sido críticos del esquema impuesto, tanto por razones prácticas como de orden ideológico, aun cuando se apostaba de su aplicación y vigencia, no se atrevieron a desmontarlo. La sociedad se había acostumbrado a percibir sus ingresos y realizar sus transacciones en la divisa estadounidense y no estaba dispuesta a que se la retire para volver a recibir moneda nacional, bajo cualquier denominación que se hubiese emitido.

El público había percibido que una moneda fuerte, con credibilidad sobre su valor, permitía realizar operaciones a mediano y largo plazos, lo que influyo para que se desarrolle el mercado inmobiliario y miles de familias puedan acceder a vivienda propia y otros bienes que mejoraron su calidad de vida.

Ante los hechos, pasaron de la crítica a reiterar en cuanta oportunidad tenían a que no estaba en sus planes desmontar el sistema sino que, todo lo contrario, buscaban fortalecerlo. Solo habría que imaginar ¿cuál habría sido la suerte del país si, con un gobierno inclinado al gasto desmedido, hubiese tenido la capacidad de emitir moneda? El supuesto jaguar latinoamericano ¿no habría quedado en un esquelético remedo del país llanero, que con una producción de petróleo cinco veces superior a la nuestra ha arribado a tasas inflacionarias del 200%? ¿Qué habría sido del aparato productivo si el gobierno hubiese tenido en sus manos el control absoluto de las divisas?

No hay que hurgar mucho para saber que, en toda la falta de prolijidad del manejo económico, existieron dos elementos que evitaron que las condiciones sean aún peores que la actual: los altos precios del barril de crudo y estar dolarizados. El primero desapareció, el segundo tendrá dificultades en la medida que no ingresen dólares a la economía. ¿Qué deparará la coyuntura?