Carlos Larreategui

Los amiguetes de Unasur

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1 de May de 2013 00:02

Con precipitación y ligereza, los jefes de estado de Unasur acudieron a la convocatoria súbita de Ollanta Humala, presidente temporal del grupo, con el propósito de legitimar el cuestionado triunfo de Nicolás Maduro, y cohonestar los abusos cometidos durante la campaña electoral y proclamación de resultados. Sin mayores elementos de juicio, y sin contar con la auditoría oficial del proceso electoral, los mandatarios sudamericanos se apresuraron a validar los resultados mientras Venezuela se hundía en la desesperación y el caos. Con mucho cinismo, el Presidente Humala valoró la declaración de Unasur como una contribución a la democracia venezolana, mientras el continente americano miraba estupefacto el abuso y desparpajo de Maduro y su camarilla.

Al igual que muchos entes y organismos de la Región, la Unasur ha dejado en claro que sus acciones no se fundamentan en principios y valores democráticos. Recordemos que este organismo nació con la consigna de construir un foro regional democrático que estimulara la integración regional y supliera las claras deficiencias de la Organización de Estados Americanos, OEA. Su impulsor principal, Lula da Silva, concibió el proyecto como una suerte de Unión Europea que uniera con fuerza a las naciones de Sudamérica. En la práctica, sin embargo, Unasur ha terminado como un triste club de amiguetes que rehúye los debates y disensos y desecha argumentaciones jurídicas o democráticas a la hora de proteger a uno de sus compadres. Sucedió con Zelaya y Lugo, y ahora con Maduro.

Durante mucho tiempo he sido un crítico severo de la OEA y su defensa selectiva de la democracia en el Continente. Al igual que la Unasur, esta organización ha encubierto procesos arbitrarios como el golpe de estado perpetrado en el Ecuador en marzo del 2007, luego de que el Poder Legislativo fuera asaltado, y los diputados de oposición defenestrados. No obstante, debo admitir que la OEA conserva ciertos principios democráticos que alientan cierto debate y preservan un foro para elevar denuncias frente a los abusos cometidos por varios gobiernos del continente. En la Unasur, en cambio, prevalece un borreguismo impúdico que hace cantar en coro a presidentes tan disímiles como Maduro, Piñera, Santos o Rousseff.

Ante el reiterado fracaso de los organismos regionales creados con improvisación, idealismo y mucha ideología, conviene repensar a la OEA como un foro regional que puede ser rescatado y potenciado para que reasuma su misión esencial. Esto pasa por aplicar una reingeniería política y burocrática una vez que el hábil y camaleónico Secretario Insulza haya dejado sus funciones. Pasa también por fortalecer adecuadamente los organismos adyacentes que protegen los derechos humanos y libertades, principios fundamentales que la Unasur desprecia abiertamente.