Pablo Cuvi

Los amigos y la muerte

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Nada hay mas trillado que la muerte en el cine y en las series de televisión. Perdón: que los muertos, que no es lo mismo. Uno navega por los canales y va de crimen en crimen, hartándose de efectos especiales y persecuciones, como en los videojuegos. Más raras son las películas de alguien que recibe la noticia de un cáncer terminal. En estos casos, no es el espectáculo truculento de disparos y estallidos y camisas bañadas en salsa de tomate lo que pretende llamar la atención; ahora se trata de un silencioso protagonista que ha emprendido en el cuerpo la parte final de su trabajo y que, al delatarse en los exámenes médicos, obliga al personaje a enfrentar la situación. Ahora, la procesión va por dentro, y para que funcione en la pantalla se necesita, ante todo, de muy buenos actores.

Eso es justamente lo que pasa con ‘Truman’, un drama con toques de comedia cuyos actores principales, el argentino Ricardo Darín y el español Javier Cámara, obtuvieron la Concha de Plata en el último Festival de San Sebastián. Sin embargo, ni la muerte que amenaza a Julián, el personaje de Darín ni su perro, llamado Truman, son los ejes de la película, sino que sirven de condición y metáfora para que el director catalán Cesc Gay nos cuente, con sencillez y limpieza, una historia sobre la solidaridad y el reencuentro de dos viejos amigos.

En el cine, como en la vida, la química es fundamental. De allí brota el encanto de esta película: de la relación que se establece en la pantalla entre Darín y Cámara, el calvo y generoso Tomás, que vuela de Canadá a Madrid para acompañar cuatro días a su pana del alma, un actor de teatro que ha decidido suspender el tratamiento y sobrellevar sus últimos días con una dignidad no exenta de temor, pero tampoco de humor.

Habla la crítica de dos actores en estado de gracia y advierte un canto a la fragilidad y la emoción masculinas, mientras Carlos Boyero ubica a Darín entre los tres mejores actores vivos y aplaude este “recital inolvidable” que saca lo mejor de su compañero de oficio. Pero nada es perfecto: la escena erótica y el desenlace están un pite traídos de los cabellos, aunque no afectan demasiado a una historia que hemos visto desde los ojos de Tomás; literalmente desde su rostro en primer plano que asiste con generosidad y ternura al complicado rollo de su amigo. Sin que diga una palabra, sabemos lo que está pensando antes de que una leve sonrisa de Julián le empuje hacia otro lado.

Para mí, la referencia es la película canadiense que ganó el Oscar extranjero del 2003: ‘Las invasiones bárbaras’, donde un intelectual cincuentón afectado por un tumor cerebral enfrenta con ironía, con heroína para el dolor y con una patota de amigos, el anuncio de la Parca. Y adelanta con una sobredosis su llegada. Lo que en ‘Truman’ era economía y contención, acá es elocuencia y exceso, pero ambas nos enseñan a morir a tiempo, con elegancia y un toque de humor negro.