Monseñor Julio Parrilla

Nuestra frágil casa

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La semana pasada asistí en Bogotá al encuentro de la Repam (Red Eclesial Panamazónica) que promueve la toma de conciencia y la acción solidaria de muchos cristianos latinoamericanos a favor de la Amazonía. Ecuador solo ocupa un 2% del total amazónico, pero todos sabemos lo que esta realidad significa para el ecosistema de nuestro país y para el mundo entero. Hay que decir con claridad que el pulmón del planeta está enfermo, amenazado por la codicia de empresas y gobiernos que, lejos de velar por nuestra casa común, solo son capaces de proyectar sobre la naturaleza una mirada llena de codicia.

Lo bueno de este encuentro fue que allí estaban los representantes de todas las iglesias amazónicas (un número considerable de obispos) y, apoyando de forma incondicional, los enviados de Justicia y Paz de la Santa Sede. Toca referirse (¡qué tipazo, qué lucidez!) al cardenal Claudio Hummes con enorme gratitud.

Los conflictos y problemas planteados, las necesidades y los reclamos, la resistencia de las comunidades y la represión de los poderosos son iguales en todas partes: la extracción petrolera, la deforestación, la megaminería a cielo abierto, la excusa del progreso y las acusaciones de infantilismo hacia quienes defienden una visión ecológica de la vida… Ese es el pan nuestro de cada día.

En los próximos días, el encuentro de París acogerá a representantes de más de 150 países del mundo preocupados por el cambio climático y sus nefastas consecuencias. Esperemos que, más allá de análisis, cifras y declaraciones, la comunidad internacional tome decisiones que comprometan a todos, especialmente a los más poderosos, que son siempre los mayores contaminantes. Nos guste o no, lo cierto es que el calentamiento global se debe, en gran parte, a la gran concentración de gases de efecto invernadero, emitidos a causa de la actividad humana.

Francisco, en su encíclica Laudato Si, no se anda por la ramas. El sabe que una ecología integral trasciende lo biológico y nos ubica en el corazón de lo humano, en el corazón del mundo amenazado. Por eso nos llama a un diálogo profundo y sincero sobre el planeta que entre todos estamos construyendo (¿construyendo o destruyendo?). Necesitamos promover una solidaridad universal nueva, pues lo que está en juego es el futuro del hombre y del planeta.

Hablando en términos globales, pareciera que el problema nos queda muy lejano. No es verdad. También hay que promover el diálogo y las políticas nacionales y locales que planifiquen, coordinen, vigilen y sancionen las malas prácticas. Presionados por la crisis económica y los intereses electorales, el drama del inmediatismo político provoca la necesidad de producir crecimiento a corto plazo. Así, lo más fácil es llegar a la conclusión de que todo vale con tal de llenar las arcas o las urnas. ¿Es realista pensar que los que están obsesionados por el máximo beneficio se detendrán a pensar en el mal que causan? Toca cuidar lo que Dios puso en nuestras manos…