Monseñor Julio Parrilla

Más allá de las diferencias

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Me pregunto si este no será un tiempo ideal para la reflexión y el encuentro fraterno entre los ecuatorianos. Lo que aparece, en la epidermis de la vida pública, a caballo de partidos, unidades, concertaciones y candidatos de toda especie y pelaje, es la enorme fragmentación de nuestra vida política, es decir, de nuestras visiones, intereses y parcelas de poder.

Que alguien tenga un programa integrador todavía está por ver. De hecho, programas e ideologías se van volviendo cada día más invisibles y difíciles de identificar… Sin embargo, a pesar de ello, toca seguir luchando por un proyecto integrador de país que plantee nuevos desafíos a la ciudadanía.


Ojalá que en medio de tantas palabras y promesas, más allá de quien gobierne, seamos capaces de unirnos en algunas opciones fundamentales: en una economía de rostro humano, en la lucha contra la corrupción, siempre amenazante, en el fortalecimiento de la vida democrática y en el compromiso del buen vivir, entendido no sólo desde una perspectiva económica, sino integral, equitativa y humanizadora.


Las elecciones siempre son una gran oportunidad para preguntarnos qué país queremos y cuáles son los planteamientos en los que deberíamos de estar de acuerdo. No basta con querer superar la crisis económica…

Es preciso que los líderes políticos nos digan qué modelo de desarrollo quieren implementar, más allá de la simplificación que supone decir lo que se quiere sin concretar nunca el cómo. Es preciso que nos digan qué entienden por participación ciudadana, en qué consiste la política educativa y la medioambiental…


Comprendo que, en el fragor de la batalla electoral, la tentación es el baratillo de las ofertas, los saldos y el machaqueo del contrario. Pero, insisto, alguien tendrá que decirnos qué diseño de país nos espera. Sólo así, por encima de los intereses de lograr el poder como sea y con quien sea (la lista de matrimonios imposibles se vuelve larga) podrán acercarse grupos y sectores sociales, no en función del poder, sino del país.


Yo vivo convencido de que la revolución ética que necesitamos no se hace gritando y bailando al pie de la tarima, ni va acompañada de declaraciones grandielocuentes. Se hace cada día con pequeños gestos que, asumidos por una gran parte de los ciudadanos de forma responsable y repetida, nos permiten modificar los hábitos de relación, trabajo, producción, consumo…

Valga como ejemplo el acto, aparentemente sencillo, de comprar un producto. Si compramos productos asiáticos porque son baratos, pero ignoramos la explotación de los trabajadores y el impacto que tienen sobre la naturaleza, estamos legitimando un sistema de producción y de consumo difícil de justificar desde las exigencias de la ética. En política no es suficiente con votar; y en economía no todo se reduce al hecho de consumir más…