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Reconforta apreciar cómo renacen las instituciones por gestión de sus mandatarios. No requieren escudarse en el complejo mundo de las limitaciones legales para tapar la pusilanimidad de quienes la gestionan. Basta encontrar un dirigente dispuesto a ejercer su autoridad legítima para demostrar el porqué está ahí.

A confirmar sus méritos. A desafiar los retos. Y todo en el marco del respeto a los derechos de los que convivimos en el mundo democrático. Eso es lo que empezamos a apreciar en la nueva OEA. Si, así como suena, nueva OEA, pues parece que la vieja, la remolona, la incapaz de hacer algo trascendente, la que ya fue enterrada. ¡Y que no resucite! Porque la alternabilidad es refrescante.

Su secretario general, el excanciller uruguayo Luis Almagro, demuestra afán y decisión de guiarla a cumplir el papel para el cual fue creada la organización. No se amilana ante los desafueros y amenazas de quienes abusan del poder bajo el manto de la falsa democracia. No importa el color del gobierno.

Prevalece la defensa de los principios democráticos. Sin ambages ni media tintas. Con claridad y mensajes directos dentro de los límites genuinos de su mandato.

Ya lo hizo en el diferendo fronterizo colombo-venezolano, al apreciar la vulneración flagrante de los derechos humanos de migrantes indocumentados, pero asentados en los bordes de esa geografía compartida por las dos naciones. Por eso, recibió reproches y hasta calificativos denigrantes, pero respondió con enjundia, demostrando que la lucha por la libertad y sus virtualidades no requiere de la fuerza sino de la razón. No de quien más alto grita sino del poder de los principios y la consistencia de los actos.

Ahora, hace un poco más de una semana, volvió a confirmar que la OEA no está ahí para reuniones intrascendentes, sino para defender la Carta Democrática, sus postulados y la vigencia de regímenes que no sean solo democracias por el cascarón de su apariencia, sino por la plena vigencia de sus principios.

La nota dirigida a la Presidenta del CNE de Venezuela, reclamando presencia de observadores imparciales (que fueron negados), exigiendo elecciones libres, justas, sin triquiñuelas, con reglas y oportunidades iguales para todos los actores políticos, así como el cese a la persecución de adversarios políticos, es una esperanza de resurgimiento de voces latinas dignas y solidarias, que acompañan a la de los expresidentes, en favor de todos aquellos que sufren el cercenamiento de sus derechos fundamentales.

Es nuestro vivo deseo de que en Argentina y Venezuela se acate la voluntad popular y se recuperen los espacios de diálogo, respeto y transparencia en el manejo de las responsabilidades públicas. Hay ya una brisa latina que anuncia aquello. Por ahora, la OEA da su primera señal.

apachano@elcomercio.org