Monseñor Julio Parrilla

El alguacil alguacilado

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Parece que solo estamos al principio del culebrón. La Fiscalía irá identificando más millones, Habrá más allanamientos, incautaciones y detenciones y, más adelante, habrá juicios y condenas. Así debería de ser. Pero lo que más duele, lo que escandaliza y conmociona no es tanto el dinero que anda de por medio, cuanto el olor a podrido que emanan empresarios, políticos y administradores públicos que esconden, tras sus aparentes fachadas, su mísera condición de ladrones.

Bajo el envoltorio de empresas de papel, de suites en hoteles de lujo, de cargos de relumbrón y de coimas a intermediarios, los montos injustificados adquieren una pátina de viveza que, me imagino, hace sentirse a los pillos como héroes. Sus madres, sus antiguos educadores, sus amiguetes y panas, no pueden contener su admiración y su alegría. ¡Menudos hijos, alumnos y amigos les han salido!

Insisto, el problema no es el dinero (sólo Dios sabe cuánto dinero se ha robado en este país desde la noche oscura de los tiempos). El problema es la subcultura que se va creando (que vosotros vais creando), en la cual todo vale y es posible con tal de ser ricos y poderosos, aunque machaquéis a los pobres. El daño no solo es a la economía del país, sino a la conciencia de la gente. Si ustedes, que tanto pueden y tanto tienen, (grandes mansiones, membresías y carros de alta gama) roban, ¿por qué los demás, pobres hombres, dependientes de un salario de miseria, no van a hacerlo? No en vano al Papa Francisco dice y repite que la corrupción es sinónimo de disolución de la sociedad y del Estado de derecho. Y, no se hagan ilusiones, también es sinónimo de disolución de todas las revoluciones habidas y pendientes. Ahora todos sacan el pecho y lanzan discursos heroicos contra la corrupción que, expertos en mirar hacia ningún lado, ustedes mismos consintieron.

Son de agradecer las palabras y el estilo del Presidente y del nuevo gobierno. Y, a pesar del escepticismo que los viejos corruptos y los nuevos anticorruptos generan, somos muchos los que sentimos que el tema Odebrecht es una oportunidad para afirmar el valor de la ética, de la independencia de la ley y de la transparencia. Invocar el fuero de Corte en las actuales circunstancias es un disparo al aire. Es triste que así sea, pero el alguacil alguacilado tendrá que dar cuenta de sus desmanes. Y los órganos de control tendrán que responder de su propio descontrol. ¿Tendrá sentido un nuevo “frente anticorrupción”? Mejor sería que cada uno y cada institución del Estado (pienso en los fiscales, en los jueces y en la propia Asamblea) hicieran su trabajo y que la prensa investigativa y los observatorios ciudadanos pudieran hacer el suyo. ¿Se imaginan, en medio de este relajo, a Isabelita Robalino y a sus compañeros en la cárcel durante un año? Bueno sería que alguien, humildemente, dijera: “Disculpen, ustedes tenían razón”.

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