Jorge H. Zalles

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En marzo de 2017, muchos observadores esperaban que el partido populista y ultra-derechista dirigido por Geert Wilders ganase las elecciones parlamentarias en los Países Bajos, convirtiendo a Wilders en primer ministro, pero no ganó. En la segunda vuelta de la elecciones presidenciales francesas, en abril, muchos temimos que pudiese ganar la también populista y ultra-derechista Marine LePen, pero se alzó sorpresivamente con la victoria una nueva figura política, Emmanuel Macron, quien derrotó a LePen por un margen de casi exactamente dos a uno.

A mediados de mayo, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos nombró a un Fiscal Especial, quien podrá actuar con absoluta libertad para investigar las injerencias rusas y otras irregularidades en las elecciones de noviembre de 2016.

A fines de mayo, cuando el presidente Donald Trump borró de su discurso ante el Consejo de la Alianza del Atlántico Norte una frase clave con la cual habría confirmado el compromiso de los Estados Unidos a la defensa de todos sus aliados y, además, inició una agria confrontación con la Canciller alemana Angela Merkel, la propia Canciller y, luego, varios otros dirigentes europeos afirmaron que, si no cuentan a futuro con los EE.UU., como en el pasado, se fortalecerán solos y encontrarán sus propias soluciones.

A principios de junio, Macron selló su anterior triunfo electoral con una impresionante victoria de su nuevo partido en las elecciones legislativas francesas.

En estos varios eventos comienza a verse un patrón. Lejos de que, a partir de la elección de Trump, el irresponsable populismo, en este caso de derecha, avasallara al planeta, parece haberse despertado una muy sana capacidad de reacción, que se está manifestando de dos maneras: primero con un revitalizado compromiso de grandes mayorías, en varios países, con la democracia liberal, equilibrada, tolerante, respetuosa; y segundo, con renovado vigor de la institucionalidad en EE.UU., que podrá regresar a ese país a la senda del ejercicio responsable del poder político, aunque tal vez no pueda frenar todos los desaguisados de los cuales Trump es capaz (el más reciente, el regreso a la caduca política de confrontación con Cuba que el presidente Obama había descartado con inteligencia).

La democracia liberal, los derechos civiles, la institucionalidad que brinda real protección a todo ciudadano contra los diversos posibles abusos del poder no han transitado un camino fácil. Al contrario, su progreso histórico ha sido con frecuencia difícil y tortuoso, se ha interrumpido, ha parecido, por momentos, haber llegado a su fin. Pero han logrado salir de cada crisis, retroceso y momento difícil, y es alentador verles saliendo de los más recientes desafíos con claro e indiscutible vigor.