11 de June de 2010 00:00

Todo un poco al revés

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Juan Esteban Guarderas

Reformas, reformas, reformas; tras la crisis financiera el espíritu regulador se apoderó de la agenda de los líderes mundiales. Una vez encaminadas las medidas a tomarse en los ámbitos nacionales y regionales, ahora se mojarán las manos con las difíciles iniciativas a nivel mundial.

Se han fijado las discusiones en torno a dos impuestos promovidos por el FMI ' el FMI proponiendo impuestos; un sacerdote pudiese ver en esto una trompeta del Apocalipsis sin perder mayormente su credibilidad.

Se trata del Financial Stability Contribution (FSC) y el Financial Activities Tax (FAT). Las siglas de este último han sido ampliamente celebradas puesto que precisamente harán sufrir a los gordos gatos banqueros; cosa novedosa puesto que es un sufrimiento que rara vez se ve.

Básicamente el FSC es una contribución que cada banco pagaría en función del riesgo que su quiebra implicaría para toda la economía y que alimentaría un fondo que financiaría los paquetes de rescate. El FAT sería a una especie de IVA cuyo objetivo es el reducir el número y volumen de las operaciones de alto riesgo realizadas por los bancos, y de disminuir las remuneraciones.

Este es el tema económico principal sobre el que se tratará en la cumbre del G20, que se realizará en dos semanas en Toronto. Aparentemente ambas medidas cuentan con un amplio apoyo internacional, Estados Unidos, Francia, Alemania, RU, etc.

Pero hay un feroz adversario, que se opone frente a todos, y con firme voz; precisamente no es un país que estemos acostumbrados a ver romper los consensos, Canadá.

El sabio hermano de los Estados Unidos, que ahora parece haberse influenciado de la testarudez de su vecino del sur.

La idea es conseguir la aceptación de todos, y luego que cada país se encargue de traducir estos impuestos en legislación interna. No es difícil imaginar la eternidad que esto podría demorar; por lo que como dejó entrever esta semana el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, habrá que esperar que las medidas se tomen de manera casi unilateral por cada una de las partes.

Pero, el revés más grande puede venir de la futilidad de las medidas. Debido a la falta de instituciones de gobernanza global con suficiente poder, cada Estado es responsable de introducir en su sistema medidas que ayudarían al colectivo internacional; pero que en caso de no hacerlo podría albergar la mina de oro de los bancos de inversión.

Por lo que todos estarían incitados a pasar normas defectuosas, con lagunas y flexibles, que permitirían que los bancos, ayudados de su ingeniosidad jurídico-financiera, rodeen el espíritu de las medidas.

Como una especie de carrera de dumping fiscal y jurídico cuyo ganador se queda con el pote de miel.

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