Rodrigo Borja

El agua

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25 de March de 2012 00:08

En los próximos años la humanidad sufrirá dos terribles flagelos: desórdenes del clima —huracanes, tifones, tormentas, inundaciones, sequías— y escasez de agua dulce.

El 75% del planeta está compuesto por agua, pero el 97,5% es agua salada, que está en los océanos y mares, y el 2,5% es agua dulce almacenada en los casquetes glaciares, ríos, lagos, profundidades de la tierra y la atmósfera. Y de este porcentaje de agua dulce solamente el 0,26% es recuperable para usos humanos —agrícolas, industriales y de consumo doméstico— ya que el resto está en lugares inaccesibles: casquetes polares, nieves permanentes y capas subterráneas profundas.

En el curso de la historia el agua estuvo indisolublemente ligada a las civilizaciones. Casi todas ellas se asentaron en los valles de los grandes ríos: Éufrates, Nilo, Indo, Yangtze y otros. Gracias al agua el hombre cazador se tornó sedentario e hizo de la agricultura su principal actividad económica desde el siglo IX a. C.

Cerca de la mitad de las fuentes de agua dulce del planeta se encuentran en América del Sur, una cuarta parte en Asia y el resto en América del Norte, América Central, Europa, Australia, África y el Oriente Medio. El más grande sistema fluvial del planeta es el del Amazonas, que abarca casi 6 millones de kilómetros cuadrados. Allí está la quinta parte de la reserva de agua dulce de la Tierra.

Una alta proporción de los recursos hídricos superficiales está infectada porque los ríos y lagos se han convertido en depósitos de los desechos tóxicos de la agricultura, la industria y los desagües urbanos. 250 de los 500 ríos más importantes del mundo están seriamente afectados. En la India el fanatismo religioso se encarga de contaminar el "río sagrado"

Ganges, donde sumergen a los difuntos y transmiten a los vivos toda clase de enfermedades. Sólo dos ríos importantes —el Amazonas y el Congo— se pueden considerar sanos, gracias a que no tienen en sus orillas centros industriales ni grandes ciudades.

Cuando venga la escasez, el agua dulce se convertirá en mercancía de intercambio internacional: se exportará agua como hoy se exporta petróleo. Surgirán grandes litigos —sin descartar enfrentamientos bélicos— en torno a los ríos internacionales. Los países poderosos se disputarán el control de las fuentes hídricas.

Se hacen esfuerzos por encontrar métodos eficientes y baratos para desalar el agua del mar, pero hasta este momento los altos costes de la energía han impedido hacerlo en grandes volúmenes. Está en marcha el proyecto internacional denominado ITER —en el que se han comprometido los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Rusia, China, Suiza y Surcorea— para construir reactores nucleares que generen grandes cantidades de electricidad a partir del año 2037 para la operación en amplia escala de plantas desaladoras de las aguas oceánicas.