Milagros Aguirre

Agua que vale oro

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Párrafo tomado del muro de Facebook de Manuel Pallares para compartir su indignación frente a una foto en Manabí, de hace unos días: “un camión trasporta agua, supuestamente apta para beber, en botellones de 20 litros a USD 1,75 la unidad, es decir a USD 87,50 el metro cúbico. Es el precio que pagan los más pobres por el líquido vital, mientras que en los barrios más adinerados de Quito se paga 0,45 centavos por ese mismo metro cúbico. Los más privilegiados pagamos casi 200 veces menos, por la misma cantidad de agua apta para consumo humano, que los más pobres”.

Una vergüenza. Agua, agüita para beber, para bañarse, para lavar los trastes, para cocinar, para lavar la ropa. Agua, agüita santa, agua que da vida, que calma la sed, líquido elemental.

Tiene razón Manuel Pallares en indignarse. A quienes han gobernado, tanto a nivel nacional como en los niveles locales, alcaldías y prefecturas, creadores del “formato semplades” y demás genios de Yachay, se les debiera caer la cara de vergüenza. Y a las élites de este país, también. En diez años esa gorda burocracia ha consumido lo que ha podido, al contado o con tarjeta; ha llenado los malls y ha abarrotado los restaurantes para empapuzarse de buena comida; ha comprado carros, apartamentos, muebles de lujo, ropa, gafas y los mejores teléfonos celulares. Las élites empresariales que han prestado servicios al aparato estatal también han ganado a borbotones: en las construcciones de carreteras, de unidades del milenio, en los edificios lujosos, con piscinas y gimnasios que ofertan para que viva la burocracia enriquecida, sin contar con las ganancias en coimas y los sobreprecios por comisiones. Han ganado los banqueros con los intereses de las tarjetas de crédito con las que han consumido los nuevos funcionarios hasta el hartazgo. Todos han ganado, incluso los que ahora reclaman un nuevo modelo que, por cierto, no se sabe tampoco en qué consiste aunque se intuye que querrán seguir ganando, a toda costa y que no estarán dispuestos a perder nada.

Mientras se ocupan de sus propias ganancias los unos y los otros de cómo mejorar sus finanzas ahora que los restaurantes empiezan a estar vacíos y los malls con menos gente, eso, el agua, ese líquido vital, es casi un tesoro para la gente que menos tiene. Las miles de personas que perdieron todo en el terremoto de 2016 ahora debe gastarse el bono que recibe -y que debe durar todo el mes- para comprar el bidón de agua que necesita, es decir, para su demanda más elemental: calmar su sed, lavarse, cocinar. La gente que menos tiene no ha ganado nada: sigue esperando casa, trabajo, que le devuelvan lo que gastó en la cocina de inducción que nunca pudo utilizar (alguien también ganó por ello) y que pase el tanquero de agua por su barrio. ¿Comparte su indignación también, amigo lector?

maguirre@elcomercio.org