Marco Arauz

Agrio Ecuador

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Rafael Correa probablemente pasará a la historia como uno de los presidentes ecuatorianos que mayor atención y energíahan dedicado a cuidar la majestad de su poder y, paradójicamente, el que de manera más sistemática ha desacreditado a
quienes considera como enemigos porque disienten con él o porque le resultan molestos.

Ecuador, sin embargo, es un país en el que la palabra escrita y hablada de la gente, incluyendo el humor y la sátira, ha tenido un papel importante.

En la convulsa historia republicana de veinte constituciones y de un centenar de gobiernos, quizás la palabra ha desempeñado el papel que han cumplido las balas y los cañones en otras sociedades, excepto por supuesto durante los enfrentamientos armados que, por fortuna, no dejaron fracturas irreparables en nuestra sociedad.

Existieron dictadores, como Guillermo Rodríguez Lara, que soportaron la sátira y no usaron ni las armas ni el poder a su disposición para medir fuerzas con este recurso popular útil en el momento de tomar cuentas a un gobierno de facto que, sin embargo, es recordado como una ‘dictablanda’. También hubo, por supuesto, de los otros dictadores.

Ha habido presidentes, como Galo Plaza Lasso, que le dieron todo el vuelo a la crítica y a la sátira. Y ha habido presidentes que eran ellos mismos unos grandes insultadores, como Abdalá Bucaram. Pero si bien Bucaram recogió de las calles esa manera implacable de caricaturizar situaciones y personajes y la llevó a la tarima repetidas veces para armar su espectáculo, era evidente que no podía seguir valiéndose de ella como mandatario frente a los mandantes.

José María Velasco Ibarra solía usar finamente la sátira. Correa usa la palabra para descalificar -quienes hacían antologías aparentemente ya se cansaron- cuando, por ejemplo, tilda de corrupta o de pilla a ‘cierta prensa’ (un cómodo eufemismo que él y su equipo no aceptarían si se refiriera a los gobernantes) pero, en cambio, es muy poco tolerante con las críticas.

El Presidente incluso ha querido hacer gala de buen humor, y el aparato de propaganda ha creado espacios satíricos que no han durado, porque el humor difícilmente puede venir desde
el poder, salvo que el propósito sea recibir de buen grado las críticas. Gustavo Noboa era menos desafortunado haciendo chistes desde el pueblo llano que desde el sillón presidencial.
Sin duda, les ha ido mucho mejor a los gobernantes que han aceptado que las palabras son una gran válvula de escape para procesar los desentendimientos que se dan en toda sociedad, sobre todo cuando la voz política es una sola y en el Parlamento no se parlamenta ni se fiscaliza.

Como decía el lema de una página ya desa­parecida respecto del efecto buscado con su humor, ‘joroba pero no mata’. La tolerancia no es una debilidad del poder. Y el linchamiento social no sirve para robustecerlo.