Manuel Terán

Agravios

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Ni bien terminaba el ceremonial de la transmisión de mando y se perfilaba el desplazamiento del núcleo duro del anterior gobierno de Carondelet, ya se percibían ciertas rencillas entre facciones, pero ni el más imaginativo de los cronistas hubiera pensado en esos momentos que, un año después, la sociedad entera sea testigo de una refriega intestina entre los que, por cerca de una década, coparon de manera absoluta los poderes públicos. Las disputas han revelado como los bajos instintos, la avaricia, las pasiones, rencores y resentimientos dominaron las mentes de los que se sentían predestinados a cambiar el rumbo de esta nación. Un hedor pestilente inunda ahora un ambiente enrarecido, en que la ciudadanía descubre cómo las instituciones y organismos del estado fueron utilizados impunemente para enriquecerse a costa del erario público, la manera en que los diversos estamentos gubernamentales eran instrumentos para perseguir opositores, prevalecidos en forma cobarde de su transitorio paso por el poder, y la forma perniciosa de desatar odios y revanchas represadas, apoyándose en una circunstancia temporal que, llegada a su fin, provoca exactamente el efecto réplica y desnuda en su totalidad el mayor fraude político que ha conocido la historia patria. Se autoproclamaron honestos y jamás conocieron el significado de esa palabra; se decían éticos pero contrariaron todo principio existente para reemplazarlo con su pretendida voluntad omnímoda; se dijeron revolucionarios, aunque en los hechos reeditaron con creces las peores taras que practicaron los que les antecedieron en el poder. Simplemente se demostraron un fiasco.

Ahora, con las fracciones en abierta disputa, asistimos a un corolario de agravios que ponen de manifiesto la real trascendencia de los intereses en juego. Las acusaciones de traición y deslealtad no son sino la prueba de que lo que se pretendía era tapar con un manto de impunidad todas las trapacerías cometidas, para lo cual pretendieron encumbrar al poder a quién les garantice que la estela de sus actos corruptos no los alcance y queden bien librados de sus consecuencias. El cálculo les salió mal, porque no tuvieron en cuenta que la sociedad reclamaba que se investiguen lo que hasta tanto habían sido sospechas; y, peor aún, que del exterior les imputaran sus manejos indignos sacando a flote verdaderas estructuras organizadas para delinquir.

El nivel de refriega ahora se encamina a descalificar a todos para evitar que los culpables sean procesados y respondan ante la justicia. La falacia más antigua y, lastimosamente, en ocasiones eficaz. No hay que caer en el error. Por ello los pasos que se deben dar para enderezar la institucionalidad maltrecha tienen que ser cuidadosos y medidos. Los errores pueden llevar a que se den lugar a triquiñuelas que eviten que los culpables respondan por sus actos. Como nunca antes, nos encontramos a una situación tan crítica que pone a prueba la entereza del sistema para depurarse a si mismo. ¿Cabe aún la posibilidad de creer que todavía podremos construir en realidad un país?

mteran@elcomercio.org