Farith Simon

Acoso generalizado

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“Loshombres y las mujeres se unen entre sí porque literalmente no pueden vivir separados; sin embargo, pueden vivir juntos de muchas maneras”. Esta cita de Michael Walzer, se aplica a la perfección a la vida en la ciudad. Solo unos pocos pueden sustraerse de la convivencia colectiva, los demás debemos compartir nuestra cotidianidad con cientos de miles de personas, millones en realidad. Todos usamos las mismas vías, servicios, instalaciones, medidas de seguridad, aunque unos pocos tienen recursos para crear sus sistemas de seguridad, espacios públicos.

Miles dependen totalmente del transporte público para movilizarse a sus actividades cotidianas (unos pocos disponen de vehículos particulares para ello, algunos van en bicicleta y pocos se arriesgan a caminar entre el tráfico desordenado, en veredas mal diseñadas, aspirando humo y arriesgándose a ser víctimas de asaltos y acoso). No existe opción, deben tomar los autobuses sin importar las condiciones del servicio.

Las mujeres usuarias, además de las incomodidades compartidas se exponen al acoso por parte de sus compañeros ocasionales de viaje: 8 de cada 10 mujeres se sienten inseguras cuando usan el transporte público, 67 % han sido víctimas de acoso (¡7 de cada 10 mujeres han sido acosadas!). Y si no les indigna este dato sepan que a una de cada cuatro mujeres le han tocado en sus partes íntimas en el transporte público.

Números que no traducen el grave impacto que tiene para la vida de cada una de las víctimas, pero relevantes en tanto sirven para poner en evidencia una situación muy grave, que suele minimizarse por unos pocos que justifican ciertas acciones abusivas en nombre de la picardía “latina”, de una “cultura” que le asigna el rótulo de “piropo” a cualquier procacidad, insinuación, vejamen verbal.

No parece que esto sea resultado de una sociedad llena de pervertidos a la búsqueda de víctimas, pero sí pone en evidencia la forma en que se mira a las mujeres, a las relaciones que se promueven, a fallos serios en la educación, a la (in)capacidad de respuesta institucional frente a estos abusos cotidianos, a un silencio cómplice de quienes por miedo o por aceptación no denuncian o protestan cuando presencian estos actos.

No es posible limitar la respuesta al incremento de agentes de seguridad o al aumento de penas, pensar exclusivamente en formas de control es impracticable e inútil a largo plazo, este aspecto debe considerarse siempre que sea parte de una estrategia de mayor impacto. Debe reconocerse que en esta administración municipal (por clara iniciativa de su vicealcaldesa) se han impulsado acciones más serias y relevantes para enfrentar el acoso en el transporte público, pero cualquier acción será insuficiente mientras no exista un gran acuerdo social para enfrentarlo.

No podemos dejar de vivir en sociedad. Por ello, debemos buscar que esa convivencia comunitaria esté acompañada de un conjunto de normas para que cada uno de nosotros pueda desarrollar sus planes y proyectos de vida y que las mujeres vivan sin estar en riesgo permanente por el solo hecho de ser mujeres.