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En estos días, en los cuales es común enviar y recibir mensajes con los mejores deseos para los tiempos por venir, debo acogerme, más con la fe del carbonero que como respuesta de una reflexión razonada, a que aquello ocurra. Veo un camino difícil, lleno de obstáculos que limitan mi esperanza, aunque sé que no podemos darnos por vencidos. Es lo peor que podría pasarnos. Los triunfos son la recompensa al valor y la determinación. Cuestan. No son gratuitos. “Sólo con pensar que puedes hacerlo, ya tienes medio camino recorrido” (T. Rooselvelt)

La historia de lo ocurrido a lo largo de estos años, no dejará dudas sobre una etapa en la cual el país estuvo sometido a una voluntad casi omnímoda. Abusiva y rencorosa. Propensa a la diatriba. Opaca en el manejo de las cuentas. Que poco dejó en pié de las virtualidades y principios de una democracia. Y, ahí, el tiempo (el más sabio juzgador, según Pericles), fue el peor enemigo. Destapó los resultados de las malas artes. La efervescencia terminó y con ella el derroche de recursos. Al desfallecimiento de la democracia, le siguió el de la economía y acabó con la moral.

En ese ambiente nace un nuevo año y, con él, la ilusión en la que se incuba el aguijón para reforzar nuestros empeños dedicados a cambiar los trazos futuros de la historia. En nuestras manos está conseguir una enmienda en la construcción de un destino que acabe con tanta frustración.

El Ecuador merece otro trato. Fue una sociedad, con todas sus falencias, solidaria, dedicada, que luchó contra las vicisitudes. Que sabía que sus adversarios estaban afuera y no dentro de casa. Que las discrepancias no creaban enemigos. Que los diferentes podían vivir en comunidad.

La amargura o la envidia no ofrecen parabienes a la colectividad ni a la familia. Por ahí no transita la virtualidad del trabajo, del esfuerzo que realiza al hombre. A las diferencias sociales y económicas se las enfrenta con más educación. Con más cultura. Con respeto a los contratos sociales. Con la vigencia de la ley y el afán de concertar. De hallar soluciones compartidas. No con el engaño. No imponiendo la fuerza, sino por la razón.

El mundo conoce los resultados de los sistemas abusivos. Todos llevaron al fracaso de las sociedades. Todos acabaron mal. Todos, sin excepción alguna. Esa es la historia. Así quedaron registrados esos agujeros negros, en el infierno de los recuerdos.

Sólo florecieron aquellos en los cuales la libertad marcó todas las actividades y decisiones. Sociedades donde el Estado tiene el límite de sus atribuciones en los derechos humanos, políticos, económicos, sociales de sus ciudadanos. Donde el poder se comparte, es respetuoso y se cuidan los recursos. Reconquistarlo, tarea obligatoria para quienes apreciamos estos valores y principios, es el acicate.

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