Jaime Marchán

La Academia diplomática

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Entre las torpezas del correísmo contra el Servicio Exterior, una de las más desquiciadas fue la destrucción de la Academia Diplomática. Creada en 1987, alcanzó sólido prestigio, llegando a dar asistencia técnica a varias Cancillerías latinoamericanas.

Espoleados por la afrentosa retórica de su líder, los cancilleres Fander Falconí -académico de la Flacso- y Ricardo Patiño -agitador ontológico- acolitaron, uno tras otro, la ceremonia mortuoria. Echado el cadáver extramuros para que se pudriera a la intemperie, tomaron posesión de la sede -residencia histórica del ilustre presidente Galo Plaza Lasso, figura señera de la diplomacia ecuatoriana- y la despojaron de su alma máter para que no quedará piedra sobre piedra. En su mente revolucionaria, destruir la Academia significaba dinamitar la cantera donde se capacitaban los diplomáticos de carrera, o «momias cocteleras», según la jerga barriobajera.

Nada de jerarquías ni de embajadores estrella. La revolución sólo daba lugar para una prima donna.

El Servicio Exterior no sería piramidal sino un círculo oblongo dentro del cual los funcionarios ocuparían las posiciones asignadas por el Canciller político o sus asesores extranjeros. Mientras tanto, debían hacer méritos en los pasillos del Palacio de Najas, tejiendo informes ideologizados de la mañana a la noche, como empleados de una fábrica clandestina de calcetines chinos.
A la soberbia del poder, sumaron ignorancia selectiva. No entendieron que la Academia no era un centro universitario sino una dependencia interna de la Cancillería para capacitar a los funcionarios de carrera en las destrezas de un servicio del Estado que exige -a quienes lo representan en el exterior- excelencia profesional de la diplomacia.

Tampoco entendieron que, para comprender el mundo exterior, hay que aceptar su diversidad y pluralismo. Crearon un claustro gubernamental para impartir un pensum furiosamente alineado al socialismo del XXI, sustancia etérea que ni sus propios alquimistas lograron definir. Se trataba de programar diplomáticos pupilos al servicio de los intereses del régimen. Para ello, introdujeron concursos a dedo, ingresaron cientos de simpatizantes, conversos y oportunistas. Algunos obtuvieron calificaciones que sobrepasaron el puntaje máximo. ¡Ni en Harvard!
La supresión de la Academia causó un daño monumental a la política exterior. La ausencia de una diplomacia proactiva en la frontera norte es apenas una consecuencia visible. Con una Cancillería ideologizada a la fuerza y sin una Academia con libertad, pensamiento crítico capaz de anticipar escenarios, la diplomacia camina a la sombra del credo imperante. Reconstruir la Academia demandará el saber y la paciencia de un cirujano forense que una las partes del cuerpo del crimen. Por suerte, queda el ADN, puede ser el reinicio.