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La sociedad ecuatoriana ha estado convulsionada por recientes revelaciones de la magnitud del espantoso problema de abusos sexuales de niños y niñas por parte de profesores en escuelas, que llevó incluso a que se plantee la necesidad de sancionar por negligencia al ex Ministro de Educación.

Si el tema hubiese ido por ahí, que ya no será el caso, no me habría opuesto. Pero sí me habría preocupado que se hubiese llegado a pensar –como me temo que muchos pensarían- que con sancionar a un ex ministro, a uno que otro perpetrador y a una que otra encubridora, se habría resuelto lo de fondo.

Los abusos sexuales de niños y niñas, no solo en las escuelas sino en sus propios hogares o en los de familiares cercanos y de amigos de la familia, los abusos de niños por golpiza, crueldad y castigos severísimos de parte de padres y profesores, los abusos de mujeres por diversos tipos de maltrato y violencia, los abusos de trabajadores por empleadores prepotentes y de productores agrícolas por intermediarios, los abusos de la ciudadanía en general por transportistas que envenenan el ambiente con los gases tóxicos de sus escapes, por industriales que botan sus desechos a los ríos, por autoridades corruptas … todos estos abusos reflejan algo mucho más hondo que solo la responsabilidad política de un potencial chivo expiatorio: reflejan la generalizada sicología del abuso, la idea de que si uno es más fuerte tiene derecho a satisfacer cualquier deseo o necesidad ejerciendo esa mayor fuerza sobre los menos fuertes. Cualquiera de nosotros que actúe motivado por o bajo la influencia de esa perversa idea es cómplice y encubridor de la sicología del abuso.

La larga tradición intelectual de Occidente incluye la idea de que así somos los humanos – ávidos de poder, abusivos, agresivos, prepotentes, malos por naturaleza, la cual permite que uno se encoja de hombros ante la propia brutalidad y exclame, con tono de pobre víctima, “¿Qué quieres que haga? Soy humano.” Pero esa es solo una excusa burda, nada coherente con la capacidad que todos tenemos de pensar, discernir y formular juicios inteligentes.

Otra parte importante de la tradición intelectual y moral de los pueblos es la idea de la responsabilidad que todos tenemos de velar por y respetar a los demás, de tratarles como quisiéramos ser tratados, de resistir la a veces fuerte tentación de cometer un abuso simplemente porque podemos cometerlo.

Como todo proceso relacionado a cambios en los paradigmas dominantes de una sociedad, el proceso de dejar atrás el de la sicología del abuso en la nuestra pasa por la reflexión de cada uno de nosotros, el honesto auto-examen de si, en efecto, somos sus cómplices y encubridores de una u otra manera y, si lo somos, el también honesto intento por dejar de serlo.