Carlos Larreategui

Abrazos falsos

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30 de January de 2013 00:03

Como parte del realismo mágico que acompaña generalmente las ceremonias de integración regional, la Cumbre de la Celac 2013 arrancó con un emotivo homenaje a Hugo Chávez y concluyó con la designación de Raúl Castro como Presidente pro témpore del organismo. Una paradoja mayor y grotesca si consideramos que uno de los ejes primordiales de la Celac es la cláusula democrática y el respeto a los derechos humanos.

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños Celac fue creada en el 2010 durante la cumbre celebrada en la Riviera Maya a instancias de Hugo Chávez. La iniciativa partió como una ofensiva contra de la OEA, acusada esta vez de “husmear” en algunas de las naciones no democráticas de América Latina y censurar sus violaciones a los derechos humanos. Chávez culpó entonces a los EE.UU. de “acciones imperialistas ejecutadas a través de la OEA y propuso crear un organismo que la reemplazara. Las hábiles maniobras del secretario Insulza permitieron que Chávez “perdonara la vida” a la Organización y abandonara momentáneamente sus intentos de demolerla.

Los latinoamericanos hemos perdido la cuenta de todos los organismos regionales que hemos creado en las recientes décadas. Celac, la última criatura, se suma a una larga lista de entidades compuesta, entre otras, por: SELA, Aladi, Alalc, ALCA, Alba, Alianza del Pacífico, G3, Unasur, Mercosur, CAN, Organización de Estados Centroamericanos, Mercado Común Centroamericano, Sistema de Integración Centroamericana, Asociación de Estados del Caribe, Comunidad del Caribe, Organización de Estados del Caribe Oriental, etc. No hay continente que supere a Latinoamérica en numero de iniciativas de integración regional; tampoco lo hay en cuanto a número de iniciativas fracasadas.

Una integración económica y política auténtica no puede cimentarse en modelos tan contradictorios como los que existen en nuestro continente. La historia demuestra que las democracias no pueden cohabitar con las dictaduras bajo esquemas de cooperación o, peor aún, de integración. Tampoco pueden hacerlo sus modelos económicos, abiertos unos, cerrados y autárquicos otros. Resulta necio pensar que países tan opuestos como Chile y Cuba, Colombia y Nicaragua o Venezuela y México coincidan alguna vez en asuntos sobre democracia, derechos humanos o comercio internacional. Sin embargo, cualquier reparo u oposición a las propuestas de integración es visto en nuestros países como un acto “políticamente incorrecto”. Por ello, toda iniciativa es vitoreada aunque se halle condenada al desastre.

Todos sentimos que los abrazos en las Cumbres son gestos impostados y vacíos. Mientras los mandatarios hablan exultantes del sueño de Bolívar, unos ministros firman TLC con los EE.UU. y otros negocian con Irán.