Columnista Invitado

El héroe niño

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José Gallardo Román

Abdón Calderón luchó por la independencia de la Patria desde los 16 años de edad hasta que cayó combatiendo heroicamente en la batalla del Pichincha, cuando tenía 18. Por esta razón lo sentimos nuestro ‘Héroe Niño’.

Sin embargo, hay personas que, ciegamente, empañan su gloria diciendo que murió con disentería en el Hospital San Juan de Dios, y otros ponen en duda que, estando gravemente herido, se haya negado a retirarse del combate. Sobre si padeció de disentería, no sería extraño porque vivió en campaña, apagando la sed con el agua que encontraba en el camino, y sobre su negativa a abandonar sus tropas, el general Sucre, en el parte de la batalla, hizo “una particular memoria de la conducta del Teniente Calderón, que habiendo recibido sucesivamente cuatro heridas, no quiso retirarse del combate”, y el coronel Manuel Antonio López, abanderado del Batallón Paya en su juventud, dijo lo siguiente: “Al empezar el combate por el centro, el Teniente Abdón Calderón, que mandaba la Tercera Compañía Yaguachi, recibió un balazo en el brazo derecho; este se inhabilitó para tomar la espada con aquella mano y la tomó con la izquierda y continuó combatiendo con imperturbable serenidad, cuando pocos momentos después recibió otro balazo en aquel brazo afectándole un tendón y fracturándole el hueso del antebrazo, lo que le obligó a soltar la espada. Un sargento la recogió del suelo, se colocó la vaina en la cintura y le ligó el brazo con un pañuelo colgándolo del cuello. El joven guerrero con el estoico valor de un espartano siguió a la cabeza de su compañía y arreciando el combate por la indomable resistencia de los españoles, al forzar su última posición en la falda del cerro, recibió otro balazo en el muslo izquierdo -un poco más arriba de la rodilla- que le fracturó el hueso. Inmediatamente los enemigos empañaron su reserva y con esto llegó el instante supremo y decisivo de la batalla. Calderón cargó con su compañía haciendo un esfuerzo superior a su estado desfalleciente y al alcanzar la victoria recibió otro balazo en el muslo de la pierna derecha que le rompió completamente el hueso y lo hizo caer en tierra, postrado, exangüe y sin movimiento. Sus soldados lo condujeron al campamento en una ruana, lo colocaron sobre sus frazadas en el suelo de una sala de una casita, porque no se disponía de cama donde acostarle. Su estado de postración requería auxilios eficaces para al menos calmar su devorante sed y darle algún alimento; un amigo se encargó de prestarle aquellos servicios, porque el desdichado joven no podía hacer uso de sus brazos ni mover sus piernas”.

Calderón es, además, un símbolo de la unidad nacional: nació en Cuenca, se formó en Guayaquil, de donde era su virtuosa madre, y murió luchando por la liberación de Quito. Un ilustre compatriota, al ver que le negaban méritos a un hombre realmente grande por sus servicios a la Patria, dijo: “Si los ecuatorianos destruimos lo poco que tenemos, ¿con qué nos quedamos?”.