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En la columna de fin de año, dejé sentado que 2016 podría ser un año de definiciones trascendentes, comparable a otros de la historia nacional y me atreví a compararlo con años cruciales como el 2007, 2000, 1999, 1995, 1990, 1982, 1979, 1972, 1967, 1963, 1960, 1948, 1944.

Me gustaría desarrollar brevemente esta idea. 1944 fue el año de La Gloriosa y en que el país, luego de una guerra perdida, inició un período de difícil reconstitución que derivó en 1948 hacia una fase decisiva de prosperidad, transformación y estabilidad política. En 1960 culminó ese período, retornó con fuerza el populismo e iniciamos un nuevo período de desestabilización y dictadura, que produjo sin embargo un cambio profundo en la estructura social ecuatoriana con la reforma agraria de 1963, y desembocó en 1967 en un momento de democratización, nuevamente interrumpido, en 1972, por el regreso de una dictadura militar y el inicio del ‘boom’ petrolero de los setenta. 1979 llegó con nuevos aires de democracia, ensombrecidos en 1982 por la crisis de la deuda y el comienzo de la etapa de ajuste estructural que, con idas y venidas, nos acompañó hasta 2007.

Pero en el intermedio, el Ecuador vivió acontecimientos cruciales. En 1990 ocurrió el primer levantamiento indígena, hecho que cambió la historia ecuatoriana; en 1995 tuvimos el conflicto del Cenepa y se inició, con la destitución de Dahik y los sucesivos golpes de Estado contra Bucaram, Mahuad y Gutiérrez, una fase muy complicada de inestabilidad, que concluyó con el derrumbe definitivo del régimen político que nació de la transición democrática de 1979.

No podemos omitir al año 2000, corolario de la crisis financiera de 1999, en que murió el sucre y se estableció la dolarización. Pero en el 2007 se juntaron todos los caminos. Terminó la fase de dificultades económicas y de ajuste y se inició un período de inédita abundancia económica. Llegó al poder Rafael Correa a refundar el Ecuador e instauró un estado de propaganda y un nuevo régimen político, con una nueva Constitución. Este proyecto se fisuró estructuralmente en 2015. Para ello tuvo que ver la economía internacional, pero sobre todo la crisis provino desde adentro y tiene causa principal la inviabilidad política, económica y social de un proyecto basado en la contradicción insalvable de pretender construir el futuro reeditando los peores vicios del pasado.

Así llegamos a 2016; año que, insisto, podría ser crucial. Y llegamos con una crisis económica de tenebrosas dimensiones, que incluso amenazan la dolarización; una vaporización del liderazgo político dominante desde el 2007, y una incertidumbre casi total respecto de qué podría venir después del correísmo. Hay, sin embargo, una sola certeza: El presente se acabó; los años de abundancia y promesa de la revolución ciudadana y de su líder ya no estarán más. Y aquello nos sitúa frente al dilema que enfrentan todas las sociedades en crisis: retornar al pasado o inventar el futuro. En lo personal, considero que el pasado ha demostrado que no nos sirve y que solo nos resta, con todos sus riesgos, apostar por la segunda opción.