Gonzalo Maldonado

Cómo estar solo

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27 de May de 2012 00:02

En ‘How to be Alone’ (Cómo estar solo), una colección de ensayos escrita por Jonathan Franzen, se hace una observación perspicaz: no es que nuestra privacidad esté siendo invadida, sino que nosotros mismos estamos haciendo cada vez más pública nuestra existencia.

Una rápida revisión de lo que ocurre en Twitter o Facebook parece dar la razón a ese autor norteamericano, pues mucha gente utiliza aquellas plataformas para contar de quéánimo ha despertado, con quién tropezó en la calle y cómo fue que su camisa terminó manchada con espagueti… (Algo peor ocurre en la TV, con los denominados ‘Talk Shows’, programas en los que prima el exhibicionismo).

La que está amenazada no es la esfera privada sino la pública –asegura Franzen, autor de una gran novela titulada ‘Libertad’– porque cada vez somos más proclives a invadir los espacios sociales con detalles nimios de nuestra vida personal. Llevada al extremo, esta práctica podría resultar socialmente nociva porque pudiera desnaturalizar la esencia de lo público.

La esfera pública es el foro donde se abordan temas que conciernen a toda la sociedad, como el acceso a la educación, la conservación del medioambiente o la promoción del empleo. Es importante compartir nuestra experiencia personal siempre y cuando ella contribuya a esclarecer el debate en torno a temas como aquellos.

El razonamiento social –que se ejerce en los foros públicos– requiere, por tanto, cierto distanciamiento de nuestra vivencia personal. Que algún día nos hayamos intoxicado con cierto tipo de comida nos nos convierte en expertos nutricionistas ni valida automáticamente nuestra opinión sobre aquel tema. Los puntos de vista excesivamente permeados por nuestros instintos o por nuestra experiencia individual no son aptas para el debate público, sino solo para el ámbito privado.

Estamos habilitados para pensar o imaginar lo que queramos –en uso de la soberanía individual que poseemos– pero no todo aquel material es suceptible de ser compartido públicamente porque puede estar demasiado sesgado.

Tener una preocupación marcada en torno a una determinada situación es, en principio, correcto y positivo porque aquello puede marcar el inicio de un involucramiento más activo en el debate social.

Pero vocear esa preocupación o ese hondo sentimiento personal sin que antes haya existido un proceso de criba intelectual que separe las emociones de los hechos sólo confunde a la opinión pública y entorpece la formación de conclusiones objetivas.

Así que para intervenir en los foros públicos es necesario diferenciar el ámbito público del privado y no mezclarlos bajo ninguna circunstancia. Cuando hayamos logrado aquello habremos aprendido a debatir en sociedad y a vivir en soledad.