Jorge León

¿Quién es quién?

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jleon@elcomercio.org

El escenario fue perfecto, uno de teatro en la sesión solemne por la fundación española de Quito. Prensa, TV en directo, público político escogido y la expectativa de lo que diría el actor principal de la noche, el alcalde Rodas. Y, en contraste con similar acto en Guayaquil, la asistencia del Presidente hacía noticia.

Pero que el Presidente tome la palabra, en una sesión municipal con invitados especiales y lo hiciese como si fuese el principal personero de la ciudad, es llamativo. Intervención significativa, programada y repasada, estaba lista en el teleprónter, que convirtió al Presidente en Alcalde y minimizó lo dicho por Rodas.

El Presidente-Alcalde definió el urbanismo de la ciudad: ejes de la política urbana, ventajas y políticas de la ciudad resultaron ser obra del Gobierno central, readecuaciones de edificios (Penal, Licuadora..) o grandes construcciones “plataformas” de la administración reconfiguran el urbanismo por encima del Municipio, reorganizan actividades urbanas y vialidad en consecuencia, construcciones de viviendas, ordenamiento del Centro Histórico con un “plan de revitalización” que incluso lo convertiría en peatonal. Según el Presidente, “para avanzar nos hace falta no solo el apoyo por parte del Municipio, sino la voluntad e iniciativas ciudadanas de recuperar el Centro Histórico”. ¡Un plan concebido arriba ahora espera apego ciudadano!

Y ya que el Presidente hacía de Alcalde anunció que habló con el Alcalde sobre una inversión catarí que cambiará la zona del ex-aeropuerto y del centro “interviniendo” 248 edificaciones; magno proyecto, magnos negocios... Otra vez un urbanismo “despatrimonializado”. En general, gana una visión propia a las pautas del norte, no creativa ni conciliante con el patrimonio ni revitaliza el Centro al privarle de sus principales actividades, más bien lo folcloriza.

Fue un escenario de la concentración del poder, anulación de la dinámica de gestión local e imposición de la voluntad central. El poderoso Centro sabría lo que conviene a cada lugar. Es lo que la Ley de Ordenamiento Territorial ahora busca lo inverso de lo pensado en 2007. Hay un gusto de más poder y la pretensión de todo saber, también querer copar los espacios locales e intermedios para controlar todo el Estado y controlar la dinámica local. El ganar y ganar asfixia las instituciones, cuando el XXI exige flexibilidad. Este re-centralismo, ahora con recursos, contenta a varios, pero dejará gobiernos locales disminuidos, más dependientes de decisiones y recursos de arriba. Un retroceso histórico; costará tiempo cambiarlo, para que el Gobierno central no se queje de hacer lo que no le corresponde, sino que no lo haga, y deje de hacer a detrimento de la gestión local. El Alcalde quedó de invitado de piedra; una escena de la concentración del poder que anula a los demás.