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Hemos insistido en los últimos casi 8 años en la necesidad de protegernos como país ante eventuales impactos negativos provenientes de situaciones imprevistas, como fenómenos naturales, cierre de financiamiento externo, caída de precios de productos de exportación o un descenso del precio del barril de petróleo. El boom petrolero del 2008 no se lo manejó con previsión y el 2009 se expresó el efecto de la crisis internacional, unido a otros factores, en un crecimiento económico de apenas el 1%. Ahora, nuevamente se produce una caída del precio del crudo y otra vez se nos presenta sin reserva alguna de liquidez.

El Gobierno sigue con la cantaleta que ahorrar es malo cuando la gente necesita comer, olvidándose que el crecimiento económico previo al actual gobierno fue muy similar al vigente con la tercera parte de ingresos. Por lo tanto, nadie ha sostenido que para ahorrar hay que producir una hambruna colectiva. El principio de generar ahorros para enfrentar momentos de necesidad es el que aplican las amas de casa en sus finanzas familiares, norma tan cierta como lo es para la política económica.

Nunca van a aceptar que se han equivocado en la administración de la abundancia, por que lo seguirán insistiendo en lo acertado de sus políticas, contradiciendo conceptos que ya no se discuten en casi ninguna parte del mundo. Hasta en eso parece nos hemos quedado en la retaguardia de la historia.

Si se estima que por cada dólar de baja del precio del petróleo el impacto anual para el presupuesto del Estado es de aproximadamente USD 80 millones, pues una reducción de USD 10 o USD 20 por cada barril exportado significará un efecto anual de USD 800 millones o de USD 1 600 millones para los ingresos fiscales. En cualquiera de los casos, si las necesidades totales de financiamiento del presupuesto son de casi USD 9 000 millones con un precio de casi USD 80 el barril, el 2015 probablemente necesite entre USD 10 000 millones y USD 11 000 millones de dólares de nueva deuda pública. Esto asumiendo que los gastos no estén subestimados. Esta bicoca de recursos, no fácil de “levantar”, es una clara demostración del tamaño de gasto público al que hemos llegado así como son el reflejo del dispendio de fondos de estos 8 años.

Las soluciones no son mágicas, apuntan a un endeudamiento más agresivo y acelerado, a un recorte de los gastos de inversión del presupuesto que son los más flexibles a pesar de su impacto en el crecimiento económico, a la continuación de más ajustes tributarios o a la revisión de los subsidios, aunque esto último lo veo muy difícil que lo apliquen por el costo político. En resumen, los años difíciles anunciados no son solo porque el entorno internacional se tornó adverso, sino mayormente por errores del propio Gobierno en manejarse sin la prudencia y disciplina necesarias. Los megaproyectos, de darse, ayudarán pero a largo plazo.