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Washington Benalcázar. Redactor

No hay fiesta sin música. Eso lo saben bien los indígenas que tienen 28 celebraciones, entre religiosas y patronales, a lo largo y ancho del callejón interandino. De hecho no se puede concebir las fiestas del Inti Raymi, del Coraza, del Yamor o de la Jora... sin los ritmos contagiantes de pingullos, bombos y rondadores.

“Pero, para hacer buena música hay que tener buenos instrumentos”, señala Luis Pichamba, propietario del Taller de Instrumentos Andinos Ñanda Mañachi, de Peguche, Otavalo.

El músico de 47 años habla con la mirada fija en una minúscula caña de carrizo, que corta con una navaja. “De todos los instrumentos de viento: flautas, quenas, ocarinas...  el rondador es el más completo”, asegura, fiel a la tradición.

Por un momento calla. Toma aire y sopla dentro de la caña. Un sonido agudo choca contra las paredes de adobe del taller. “Correcto. Está afinada”, dice, confiando en su experiencia y oído. 

“El rondador es un instrumento netamente ecuatoriano, así como la tabla sicus es de Bolivia; y, la antara de Perú”, señala mostrando instrumentos parecidos.

Pichamba junta varias cañas y las alinea desde la más grande hasta la más pequeña. 20 en total. Luego las une con un hilo tensionado. Inmediatamente ensaya el danzante  Vasija de Barro. Dice que era una de las canciones preferidas del pintor Oswaldo Guayasamín, padrino de un  hijo.

El sonido lastimero del rondador transporta la mente a los páramos de Chimborazo, Tungurahua, Cotopaxi, Imbabura.... en donde los pastores cuidan sus ovejas.  Es un sonido mágico. Tal vez por ello, el rondador, siempre fue considerado un instrumento sagrado por  los indígenas.

Pero, los rondadores no siempre fueron de cañas de carrizo. Se los fabrica también de caña tunda, que viene de la Amazonia, y de tundilla, procedente de la Costa. Incluso, los registros históricos dan cuenta de que se elaboraban rondadores de hueso (pluma de cóndor). Se asegura que tenían el sonido más puro. Sea como sea, el rondador aún es el instrumento imprescindible para interpretar  las tonadas, los sanjuanitos, los albazos, los cachullapis...

Según Sayri Cotacachi,  del grupo Charijayac, radicado en España, en cada conjunto hay un integrante que se especializa en la fabricación de los instrumentos tradicionales. En el caso de los Charijayac, Chasqui Tituaña es el responsable de la elaboración de rondadores, quenas y zampoñas.

Ñanda Mañachi, entre tanto, tiene en Luis Pichamba el principal proveedor de instrumentos andinos. Pichamba recuerda que tenía 10 años cuando la letra y la música del grupo chileno Illiniza, que escuchaba a través de la radio, lo atraparon. Al igual que otros niños comenzó a fabricar sus instrumentos, con los carrizos que germinaban en las quebradas.

Hoy, el Taller de Instrumentos Andinos Ñanda Mañachi es uno de los principales proveedores de los grupos locales y nacionales. Incluso realiza envíos a Europa, Estados Unidos y Japón, dice.

Dentro de la cosmovisión andina cada momento tiene un sentido especial. Y, por ende, un instrumento musical diferente. En un velorio, por ejemplo, los instrumentos imprescindibles son el violín y el arpa. Las fiestas de las cosechas, entre tanto, se acompañan de las pallas (rondadores pequeños) y flautas. Y, en las fiestas más alegres, como matrimonios, no puede faltar el rondador.

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La música indígena se caracterizó por la utilización, básicamente, de instrumentos de viento y percusión. Sin embargo, en los últimos años se han incorporado guitarras y baterías. 

Aunque los instrumentos  musicales se han universalizado, cada región tiene su identidad. Se considera que la quena, la zampoña y el charango, por ejemplo, son patrimonio boliviano.

En las interpretaciones  musicales es común el uso  de churos (caracoles), cuernos de res y hasta mandíbulas de animales.

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