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Redacción Ambato

Cada vez que llueve, Daniel Caguana usa botas de caucho para ir a la escuela unidocente 24 de Mayo. El plantel logró el tercer lugar con 689,5 sobre 1 000  puntos en las evaluaciones SER 2008 aplicadas por el Ministerio a las escuelas unidocentes de la Sierra.

Caguana es estudiante del quinto año de educación básica de este establecimiento, ubicado en el caserío El Censo, en la parroquia San José de Poaló, en Píllaro. Un cantón ubicado a 14 kilómetros de Ambato.

Allí, la hierba mojada y el lodo de los empinados terrenos obligan al infante a usar botas para ir a su escuela donde hay una cancha con llantas de caucho como cerramiento y dos aulas. “Después de clases me dedico a cuidar tres vacas y camino por terrenos lodosos”, cuenta Caguana.

El frío clima enrojece las mejillas de los 16 estudiantes de la escuela y una densa neblina no deja ver las chacras de esta comuna de  estrechos caminos de tierra. En una planicie está la escuela donde las aulas están construidas con ladrillo, techos de eternit y puertas metálicas.

En la primera, donde hay carteles y el piso es de madera, trabaja la docente Sandra Moya. Ella enseña a los estudiantes de primero a séptimo de  básica.

La profesora escribe en un pizarrón de tiza líquida un ejercicio de matemática para que los alumnos lo resuelvan. Luego, repasa la lectura en los libros donados por  Visión Mundial.

Junto al aula también está otro salón donde se enseña a los infantes a dibujar en las cuatro computadoras donadas por la Dirección Provincial de Educación de Tungurahua.

“En una escuela unidocente hay que asignar tareas. Esto permite dictar clases en varios grados”, dice Moya. Para ella, es una ventaja enseñar a un grupo reducido de niños.   

“En las pruebas nos tomaron ejercicios de sumas y restas. Una compañera salió llorando porque no logró contestar todas las preguntas”, recuerda Michelle Peralvo. Ella, a sus 9 años, representó al quinto año de básica. 

La niña se puso nerviosa. Sin embargo, cuenta que durante un mes hizo ejercicios de lecturas y de matemática usando materiales existentes en la zona como semillas, maíz, fréjol…

Mario Yanchatipán dice que no es muy difícil aprender ‘mate’ con la profesora. El infante, de 10 años, recuerda que aprendió los números en segundo año.  

Moya cuenta que algunos materiales son financiados por los padres, pero también se usan plantas de maíz para explicar las partes de una planta y así identifica la raíz, una hoja, el tallo…

Ella admite que su vocación ha sido la clave en nueve años como maestra unidocente. Sonríe mientras cuenta que un Supervisor del Ministerio le informó el  resultado de  la evaluación.

“Lo más bonito es enseñar a leer a niños que viven en zonas alejadas. Enseñamos con amor. Tenemos tantas necesidades. Recién este año la escuela tiene baterías sanitarias”. Todas las mañanas, a las 06:00, viaja en camioneta desde Píllaro hasta el centro de San José de Poaló. Luego, camina 45 minutos por  senderos que cruzan las chacras.
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