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Las rebeliones populares, las revoluciones, los golpes de Estado y las guerras civiles que sacuden el mundo árabe-musulmán se han convertido en la mayor transformación histórica que conoció la región desde la caída del Imperio Otomano. Para unos, ese violento proceso indica el derrumbe de la región. Para otros, el obligado y doloroso aprendizaje de la democracia.

En el viento de libertad que comenzó hace casi 3 años o -según el prisma con que se lo mire- en el caos de la llamada "primavera árabe", hay una certeza: la tormenta no va a amainar en forma inminente. Harán falta 10, 15 o 20 años de agitación antes de que llegue el equilibrio político.

En las calles de Egipto se enfrentan las dos fuerzas probablemente menos democráticas del país, pero las mejor organizadas.

El Ejército parece incapaz de dejar el poder. El 3 de julio destituyó al primer presidente civil y democráticamente elegido de la historia del país: Mohammed Morsi, de los Hermanos Musulmanes, que gobernó en forma sectaria, incompetente y autoritaria. En menos de un año, consiguió ponerse en contra a millones de egipcios.

El Ejército intervino con la excusa de que el país se hundía y prometió comicios en seis meses. Pero nada bueno salió de esa situación. Durante los 16 meses que los militares gobernaron tras la caída de Hosni Mubarak, las libertades públicas fueron atropelladas, la economía se derrumbó y aumentó la inseguridad. En otras palabras, si las próximas elecciones fueran realmente libres, los islamistas podrían ganar una vez más.

Mientras tanto, los 83 millones de egipcios, habitantes del mayor país árabe del mundo, viven gracias a los subsidios de las monarquías del Golfo.

Los otros dos ex Estados fuertes de Oriente Medio, Siria e Iraq, no están en mejores condiciones. El primero -en plena guerra civil desde hace dos años- lucha por sobrevivir, y el otro amenazado por una guerra religiosa. Como Egipto, están al borde de la quiebra.

El derrumbe económico también amenaza a Túnez. En ese país, donde comenzó un movimiento de protesta prodemocrático del mundo árabe para desembarazarse del presidente Zine El Abidine Ben Ali, ahora dos militantes de izquierda fueron asesinados en seis meses, mientras el clima político se volvió explosivo.

"El pueblo hizo la revolución para obtener más libertad, pero los Hermanos Musulmanes, que llegaron al poder gracias al derrumbe del régimen que los combatía, quieren ahora adoptar una Constitución que establezca la sharia (Ley sagrada del islam) como norma principal", dijo Mohamed Elarbi Nsiri, historiador de las religiones.

El actual gobierno tunecino, sin embargo, es considerado "traidor" por los fundamentalistas (cerca de 10% del cuerpo electoral), que plantean abiertamente la cuestión del restablecimiento de la poligamia -abolida en 1956-, e incluso la unión con chicas apenas púberes.

Después de la intervención occidental para terminar con el régimen del coronel Muammar Gadafi, Libia es otro país al borde de la disolución política. El norte está completamente dividido y en manos de milicias tribales o religiosas. Más preocupante es el sur, transformado en una suerte de "Libistán", feudo de yihadistas que exportan el terrorismo a toda la región del Sahara y el Sahel.

En ese tumulto medio-oriental, Irán juega un papel de importancia. La República Islámica invirtió dinero y esfuerzos en su alianza con Hezbollah y con el régimen sirio de Bashar al-Asad. Su derrota podría representar para Teherán lo mismo que significó para la URSS el fracaso del Ejército Rojo en Afganistán: el comienzo del fin.

Infaltable en el fenómeno, Washington, que apoya al Ejército egipcio, pero mantiene buenas relaciones con los Hermanos Musulmanes, ha decidido guardar distancia del martirio sirio. Rusia regresa a ese escenario a través de su alianza con Teherán y Damasco. Por su parte, la UE es sólo una potencia financiera en la región.

1 000 muertos es el saldo de las refriegas internas en Egipto de la última semana.

Desarticulan a la Hermandad

Las autoridades interinas egipcias descabezaron ayer a los Hermanos Musulmanes con la detención de su líder supremo, Mohamed Badía, que se une al arresto de gran parte de la cúpula islamista en los últimos días.

En su mayor golpe contra la dirección de la Hermandad desde el golpe militar que depuso a Morsi el pasado 3 de julio, unidades de la Seguridad Central y miembros de las fuerzas especiales arrestaron al guía espiritual en el distrito cairota de Ciudad Naser.

Badía se encontraba junto a otro cargo de la cofradía, Talat Yusef, en un apartamento próximo a la plaza de Rabea al Adauiya, donde los islamistas mantuvieron su principal acampada de protesta hasta su sangriento desmantelamiento el pasado miércoles.

La mezquita de esta plaza fue supuestamente su escondite, después de que la Fiscalía ordenara su arresto el 10 de julio por incitar a la violencia y la muerte de manifestantes. Su última aparición pública fue dos días después del golpe de Estado, cuando en Rabea al Adauiya instó a los islamistas a "sacrificar sus almas" por Morsi.

Con aspecto agotado y vestido con una "galabiya" (túnica) blanca. Así mostraron a Badía las imágenes difundidas por la televisión oficial sobre la captura.

Poco después, la Fiscalía ordenó la prisión preventiva por 15 días del líder de la Hermandad, que fue trasladado a la cárcel de Tora, en el sur de El Cairo.

En Tora se hallan presos numerosos islamistas, entre ellos el "número dos" de la cofradía Jairat al Shater, y el presidente del Partido Libertad y Justicia, Saad Katatni. Sobre Badía pesan órdenes de detención por su supuesta implicación en los disturbios. Otros 400 militantes se hallan detenidos.

Mahmoud Ezat es el nuevo guía espiritual. EFE

El Vaticano está incómodo

La violencia que sacude Egipto ha puesto al papa Francisco y al Vaticano en una posición incómoda: si bien la jerarquía insta sin cesar al diálogo y la reconciliación, en el terreno los cristianos coptos no ocultan su apoyo al oficialismo.

La grave situación en Egipto se está convirtiendo en la piedra en el zapato para Francisco debido a la amenaza que representa para los cristianos de esa región el creciente extremismo musulmán.

Mientras el patriarca de la pequeña comunidad católica copta de Egipto, Ibrahim Isaac Sidrak, manifestó su apoyo "firme, consciente y libre" a la Policía y a las FF.AA. de su país "por los esfuerzos que realizan para proteger Egipto", el Vaticano denunció la represión oficial y mantiene una posición prudente.

Los coptos, que representan entre el 6 y el 10% de la población egipcia, tuvieron una activa participación en el derrocamiento del islamista Mohamed Morsi.

"No se trata de un conflicto político entre sectores diferentes, sino de la lucha de los egipcios contra el terrorismo", aseguró el patriarca de los coptos de Alejandría.

La llegada en marzo de Francisco al Vaticano fue bien vista por los musulmanes y rompió el clima frío que dominaba con Benedicto XVI. Durante su breve pontificado, el Papa ha hecho varios llamados a favor del respeto mutuo entre cristianos y musulmanes, ha fomentado la reconciliación y llegó a suplicar a Egipto que rechace cualquier tipo de violencia en nombre de la religión.

El cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, dijo que "el renacimiento de Egipto debe surgir del respeto recíproco de todas las religiones". La iglesia copta católica es blanco de ataques de la Hermandad. 58 iglesias e instituciones han sido incendiadas. AFP




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