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"Alguien tiene que ser el primero". Con esta lógica campechana respondía en junio el presidente José Mujica a quienes cuestionaban su osado plan de legalizar la marihuana en Uruguay. Y no se amilanó.

El miércoles, le envió al Parlamento un proyecto de ley para despenalizar la producción y comercialización de la hierba bajo monopolio estatal.

Con esta iniciativa, se convierte en el primer mandatario en funciones que apuesta por un giro en la lucha antidrogas que los 'lobbistas' contra la doctrina de la prohibición vienen ventilando con fuerza en distintos escenarios, el último de ellos la Cumbre de las Américas, en Cartagena.

Y aunque aún no está garantizado el respaldo al proyecto y desde ya se anticipa un duro debate, pocos hubieran apostado también a que un exguerrillero tupamaro, expreso político y floricultor en tiempos libres -cuya austeridad le ha valido el apelativo del presidente más pobre de Latinoamérica-, llegaría a mandar en Uruguay. Y manda.

José 'Pepe' Mujica Cordano tiene 76 años, un Volkswagen fusco viejo, una perra de tres patas y poca cosa más. Vive en Rincón del Cerro, un barrio rural en la periferia de Montevideo, donde comparte residencia con unos cooperativistas.

Quien firma esta crónica ha visitado ese humilde hogar. Se trata de una casa de clase media empobrecida, de tres ambientes, paredes grises con humedad, un sillón raído de cuero rojo junto a la estufa, una cocina modesta y una repisa para libros. Entre ellos están El diario del Che en Bolivia; La rebelión de Tupac Amaru, de Boleslao Lewin; Deuda externa del Tercer Mundo, de Éric Toussaint, y El arte ético de vender mejor, de Alberto Tortorella.

En el fondo de su casa, tiene una huerta, que trabaja con sus manos. Allí, junto a su mujer, Lucía Topolansky -alma gemela y primera senadora del Frente Amplio-, vive como un anacoreta, planta forraje y alfalfa, cosecha habas y arvejas en invierno, y tomates, zapallos y maíz, en verano.

"Yo no soy pobre, pobres son los que creen que yo soy pobre. Tengo pocas cosas, es cierto, las mínimas, pero solo para poder ser rico", dijo Mujica en modo Paulo Coelho el pasado junio, cuando se conoció su declaración jurada de bienes. "Si tuviera muchas cosas tendría que ocuparme de ellas. La verdadera libertad está en consumir poco", agregó.

La casa se llama Puebla y está bastante lejos del centro de Montevideo y de la residencia presidencial, en el barrio Prado, un palacete que el mandatario ya puso a disposición de los indigentes este invierno para evitar que haya muertos por hipotermia, como sucedió el año pasado.

Las cuentas del mandatario

Mujica está viejo, y se le nota al caminar tambaleándose por sus problemas de cadera. Habla como un paisano campechano, como uno más del pueblo, y lo que parece ser su más grande excentricidad fue lo que lo llevó a ese lugar impensado: el sillón presidencial.

La simpatía popular lo puso allí en noviembre del 2009, al vencer en segunda vuelta al expresidente, derechista y de familia acomodada Luis Alberto Lacalle.

Precisamente, en plena campaña electoral del 2009, Lacalle fustigó la austera forma de vivir de Mujica. Dijo que su contendiente vivía en un "sucucho" y en "una cueva". El candidato izquierdista le devolvió la gentileza y criticó el espíritu "aristocrático" del dirigente del Partido Nacional.

El Presidente tiene hoy un patrimonio de 4,2 millones de pesos uruguayos (unos 215 230 dólares), según consta en la web de la Junta de Transparencia y Ética Pública, un organismo estatal más conocido como Junta Anticorrupción. En el documento figuran tres inmuebles: uno en el barrio obrero de Camino Colorado (3,2 millones de pesos uruguayos), el 50 por ciento de otro en Camino O' Higgins (155 562 pesos) más otra mitad de una finca, la casa donde vive, en Rincón del Cerro (294 238 pesos). También declaró su Volskwagen escarabajo viejo y un sedán modelo 87, ambos avaluados en 100 000 pesos, y tres tractores y aperos agrícolas, que suman 429 000 pesos más.

A esto hay que agregar su sueldo como Presidente (260 259 pesos uruguayos, casi 12 000 dólares), aunque de esta suma dona todos los meses el 90 por ciento para proyectos solidarios y para el mantenimiento de su partido, el Movimiento de Participación Popular (MPP), sector que fundó en su reconversión democrática y que hoy integra el conglomerado de izquierda llamado Frente Amplio.

En diciembre, además, entregó de su bolsillo dos millones y medio de pesos uruguayos, unos 152 000 dólares, al Plan Juntos, un programa de vivienda para personas humildes.

Mensualmente, dona también una parte de su salario al Fondo Raúl Sendic, una iniciativa que concede préstamos sin intereses a proyectos cooperativos, sin importar el color político del beneficiado.

El fondo, que lleva el nombre de un exguerrillero tupamaro que lideró la rebelión de los trabajadores de caña de azúcar en los años 70, se forma con los excedentes de los salarios de legisladores y ministros del MPP, que pusieron topes a sus sueldos y ganan 20 000 pesos uruguayos.

Esa es, precisamente, la cantidad de dinero con la que se queda Mujica a fin de mes: 20 000 pesos o 1 000 dólares. O por lo menos eso sostiene el oficialismo. Otra versión dice que su salario neto, tras sus propios descuentos para fines solidarios, es de 32 000 pesos al mes, poco más de 1 500 dólares. "Con ese dinero me alcanza y me tiene que alcanzar. Hay uruguayos que viven con mucho menos".

Pero su ejemplo de austeridad y su conexión con el uruguayo de a pie no han impedido que pase por horas bajas. Hace unas semanas se divulgó una encuesta de la prestigiosa firma Cifra que reveló que la simpatía y aprobación de la gestión de Mujica están, a mitad de su administración, rozando el mínimo. Apenas el 40 por ciento de los consultados aprueba su gestión y el 49 por ciento dijo que le cae simpático. La aprobación de su gobierno era de 66 por ciento en abril del 2010.

Las marchas y contramarchas en sus anuncios y las políticas calificadas por sus críticos como erráticas en grandes pilares como seguridad, educación y salud le pasaron factura y fueron generando el hartazgo de un gran sector de uruguayos.

Pero lo que nadie le cuestiona a Pepe Mujica es su honradez. Parece poco probable que al final de su mandato, que tendrá lugar en marzo del 2015, se compruebe que este granjero se enriqueció. Tan poco probable como era hace un lustro que este revolucionario se convirtiera en presidente de Uruguay o que un líder latinoamericano le apostara a la despenalización de la marihuana.

Un debate que apenas comienza

El proyecto de ley con el que Mujica pretende despenalizar la marihuana en Uruguay consta de un único artículo, que reza: "El Estado asumirá el control y la regulación de las actividades de importación, producción, adquisición, almacenamiento, comercialización y distribución de marihuana o sus derivados".

Su objetivo -explicó el Presidente- es "arrebatarle" al narcotráfico un negocio de entre 30 y 40 millones de dólares anuales, según sus cuentas, y abrir el debate sobre las poco exitosas políticas prohibicionistas.

Mujica también consideró esta semana la posibilidad de crear clubes de fumadores habilitados para plantar su propio cannabis. "Esto no es para propiciar la expansión de un consumo; es limitarlo para los que ya están afectados", añadió. Pero pese a que el oficialista Frente Amplio cuenta con mayoría parlamentaria, el polémico plan no tiene garantizado el respaldo legislativo, ya que algunos congresistas de ese partido se han manifestado en contra de la iniciativa.


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