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Incluso antes de que las pesadas puertas de Castel Gandolfo se cerraran la noche del jueves, poniendo fin al papado de Joseph Ratzinger (de casi 86 años), una pregunta acuciante aparecía una y otra vez sobre los labios de 1 200 millones de creyentes: ¿cómo será la Iglesia Católica después de Benedicto XVI? La respuesta, naturalmente, estará contenida en la personalidad de su sucesor, a quien el primer Papa emérito de la historia calificó de "necesariamente vigoroso" como para poner fin a "rivalidades y divisiones". Pero para cualquiera que sea el elegido, los desafíos serán los mismos. El clima previo al cónclave y los rumores que alimentan la próxima reunión del Colegio de Cardenales no hacen más que subrayar la urgencia de una nueva forma de gobernabilidad de la Iglesia para hacer frente a los problemas cruciales que aquejan a la Iglesia actual: secularización, pluralismo religioso y crisis de vocaciones, sin hablar de las dificultades de la institución para hacer aceptar su visión de la familia y su concepción de la moral sexual.

El próximo pontificado, más que ningún otro, deliberará bajo la lupa de una opinión pública y de un mundo mediático cada vez más exigentes en materia de transparencia. Una cultura que sigue siendo balbuceante en una Iglesia atrapada con frecuencia en sus contradicciones entre el ideal de sus enseñanzas y la práctica de algunos de sus representantes.

Los especialistas conjeturan que esa profunda "reforma", para llamarla de algún modo, debería comenzar por la Curia. Hace más de tres décadas que el gobierno ultracentralizado de la Iglesia vive su vida, produciendo, al ritmo de sus ambiciones y oportunidades, "baronías" e incluso "vicepapas".

"Hoy la compartimentación es de rigor. Casi siempre, la mano derecha ignora lo que hace la izquierda", declaró hace poco el cardenal Walter Kasper, ex responsable del ecumenismo en la Curia Romana.

Otro desafío que espera a la Iglesia en los próximos años es aceptar una cultura de la transparencia y de nuevos comportamientos en una institución no democrática, donde el secreto es todavía un modo permanente de funcionamiento. Benedicto XVI intentó hacerlo, ya sea en el escabroso tema de la pederastia como en las controvertidas prácticas financieras del Vaticano. Pero las resistencias fueron enérgicas para terminar con esa ley del secreto. Antes de partir, decidió dejar a su sucesor las conclusiones de la investigación sobre el escándalo 'Vatileaks'.

Lo mismo sucede en el terreno de las finanzas: "En ausencia de cuentas públicas, es fácil imaginar que habrá nuevas sorpresas, tanto en la Santa Sede como en la gestión de ciertas diócesis", estima una buena fuente vaticana.

Pero la Iglesia es más que Roma, y el nuevo Papa tendrá otros problemas más urgentes. "En Occidente, la gente ha dejado de mirar a la Iglesia. Y en los países del sur, la gente se vuelca hacia el islam o el protestantismo evangélico", resume un diplomático.

Para superar ese escollo, la Iglesia tiene que continuar hablando a sus fieles, pero también deberá tratar de llegar a los creyentes que se alejaron por razones diversas: ausencia de identificación cultural, pérdida de confianza, deseo de mayor autonomía e individualización de comportamientos, desacuerdo sobre temas de familia o sexuales, etcétera. Más allá de sus propias huestes, la futura Iglesia necesitará demostrar su capacidad de dialogar con otras religiones y, en cierta medida, también con los no creyentes.

Aunque nadie espera que el próximo gobierno de la Iglesia sea definitivamente progresista, muchos consideran que, para adaptarse a las preocupaciones actuales, podría aceptar ciertas inflexiones. Por ejemplo, en cuanto a la suerte de los divorciados, hasta ahora privados de comunión; sobre los modos de contracepción, o el sitio de la mujer en la institución.

"Hoy en día, tímidos avances bastan para colocar a un cardenal en el campo de los progresistas", señala otro vaticanista, Bernard Lecompte. Y concluye: "Será finalmente la forma en que la nueva jefatura de la Iglesia sea capaz de dirigirse a las sociedades contemporáneas lo que hará toda la diferencia".

Por determinar fechas

Las dos primeras  congregaciones de cardenales preparatorias del cónclave que elegirá al sucesor de Benedicto XVI se celebrarán el lunes 4 de marzo, pero ese día no se decidirá la fecha del segundo cónclave del tercer milenio. Según coinciden fuentes vaticanas, comenzará, previsiblemente, el 11 de marzo, y antes de Semana Santa (el Domingo de Ramos es el 24 de marzo) habrá ya un nuevo Papa.

El portavoz vaticano, Federico Lombardi, también dio detalles sobre la primera jornada del ahora "Papa Emérito" que vive temporalmente en Castel Gandolfo, la residencia de verano de los papas, antes de instalarse en un antiguo convento dentro del Vaticano. "El Papa durmió bien, vio algunas noticias y apreció la cobertura" informativa de su renuncia y salida de la Sede Pontificia. Luego escuchó música e hizo su habitual paseo vespertino "de descanso y oración".

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