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Una Iglesia simple, cercana a los pobres, fiel al Evangelio, coherente: estas son las armas del papa Francisco, que llega en su primer viaje hoy a Brasil, para frenar la sangría de fieles en el país con más católicos del mundo.

El exarzobispo de Buenos Aires, un argentino hijo de inmigrantes italianos, desembarca por primera vez como Papa en América Latina, el mayor reducto de la Iglesia Católica, pero donde millones de fieles han desertado hacia iglesias evangélicas en las últimas décadas.

Un estilo sorpresivo

Tras la renuncia del papa Benedicto XVI, el cardenal argentino, socio fanático del club de fútbol San Lorenzo de Almagro, fue convocado al cónclave para elegir al sucesor. En la quinta votación, el 13 de marzo último, fue designado Sumo Pontífice, ante su sorpresa. "No traje tanta ropa para quedarme", dijo en ese entonces.

En el momento en que el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, fue proclamado con el nombre de Francisco, sorprendió al mundo entero cuando, en un inequívoco gesto de humildad, saludó a la multitud que llenaba la plaza de San Pedro, se inclinó en el balcón y pidió a los fieles que rezaran por él.

Sabía el nuevo Papa que se enfrentaba a una responsabilidad inmensa, en un momento difícil para la Iglesia, que con honestidad y sabiduría el papa Benedicto XVI había sopesado largamente y llegado a la conclusión de que, por su avanzada edad, no tenía las fuerzas físicas ni espirituales para enderezar rumbos trascendentales y resolver con energía acusaciones muy graves contra la curia vaticana, algunas de las cuales eran dolorosamente, ciertas.

El estilo de Francisco ha sido, desde el primer momento, muy distinto al de sus antecesores. Para ir de lo menor a lo mayor, el Papa renunció a utilizar muchas de las prendas personales propias y distintivas de su gran rango: el oro de su cruz pectoral y del anillo del Pescador es ahora de plata, otra muestra más de renuncia a todo fasto, por tradicional que fuera.

Tampoco ha querido ocupar las habitaciones que le corresponden en el palacio vaticano y sigue como singular huésped en la residencia de Santa Martha, lugar donde se alojan los cardenales que acuden a un cónclave o a otras reuniones convocadas por el Papa.

Francisco -nombre que lleva en homenaje al Poverello de Asís, San Francisco- propicia, para desesperación de sus escoltas, encuentros muy cercanos con los feligreses que buscan saludarlo, estrechar su mano y recibir su bendición. Los niños, los enfermos y los ancianos gozan de su especial afecto.

Varias personas que lo conocen desde antes han dicho que sigue actuando tal como lo hacía en su sede arzobispal de Buenos Aires, al margen de los rígidos protocolos y con inusual sencillez, y que siempre se expresó en lenguaje directo y coloquial.

Disciplina y trabajo

Formado en los jesuitas, Francisco es un papa austero y enérgico, que empieza el día a las 05:00, con dos horas de rezo y mediación, hasta que a las 07:00 acude a su misa diaria, donde saluda a los invitados y a los sacerdotes.

Tras el desayuno, en la sala general con el resto de habitantes de la residencia, el Papa dedica dos horas a trabajar en un discreto escritorio y lee la prensa. Después va en coche al palacio apostólico para las audiencias oficiales en el fastuoso segundo piso.

Allí recibe a obispos, delegaciones, congregaciones, jefes de Estado y de Gobierno hasta las 13:00.

Casi nunca visita el tercer piso del palacio, donde está el apartamento papal, excepto los domingos para el Ángelus, cuando bendice a la multitud desde el mismo balcón utilizado por Benedicto XVI o Juan Pablo II.

Entre las 13:00 y las 14:00 el Pontífice vuelve a Santa Marta para comer en la sala general, donde tiene una mesa reservada. A veces invita a otras personas a acompañarle, incluso a los jardineros o escoltas, y con algunos de sus invitados prefiere instalarse en una pequeña sala cercana.

Francisco, de 76 años, hace una pequeña siesta y dedica la tarde al trabajo: celebra reuniones, lee documentos, llama por teléfono (siempre con el saludo "Hola, habla Bergoglio") y pide noticias sobre el estado de salud de su madre.

El Papa vuelve a dedicar, entre las 19:00 y las 20:00, una hora a rezar, y luego cena en compañía de otros sacerdotes en el mismo refectorio. Finalmente se retira a su cuarto hacia las 21:00 y se acuesta a dormir a las 22:30.

Discurso claro y doctrinario

En la homilía de la misa que celebró en Santa Marta, recordó a los allí presentes que la desinformación, la difamación y la calumnia son pecados graves. También condenó las "verdades a medias, que tanto daño hacen y son verdaderos engendros de hipocresía".

El Papa dijo rotundamente al terminar: "¡Cuánto se chismorrea en la Iglesia! ¡Cuánto charlamos nosotros los cristianos, las charlatanerías son destructivas en la Iglesia!". Palabras sencillas pero que encierran verdades inmensas que muchas veces se olvidan.

Él conoce profundamente las carencias, el dolor y la promiscuidad de las llamadas villas miseria, que abundan en Buenos Aires, y que, desgraciadamente, tienen réplicas más o menos parecidas en todos los países de América.

Por eso, el Pontífice ha denunciado sin paliativos la precariedad en la que viven gran parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aun en los países ricos. En su opinión, una de las causas de esta crisis "es la relación que tenemos con el dinero, aceptando su dominio sobre nosotros y nuestra sociedad. La crisis financiera de muchos países -añade- nos hace olvidar que su origen es una profunda crisis antropológica".

Completando su pensamiento sobre este asunto, el Papa también dijo: "La solidaridad es contraria a la racionalidad financiera y económica. Mientras los ingresos de una minoría aumentan de modo exponencial, los de la mayoría se debilitan. Ese desequilibrio proviene de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera. A eso se añaden una corrupción tentacular y una evasión fiscal egoísta que asume dimensiones mundiales". Para el Pontífice, hoy en día está en peligro el hombre, la persona humana, que vive una crisis gravísima no solo económica, sino también cultural y de fe.

En el encuentro que sostuvo con la canciller de Alemania, Ángela Merkel, se refirió a la "tiranía" de los mercados financieros y pidió reformas que palíen la situación de los hombres, mujeres y niños más pobres de Europa. También le dijo a la canciller Merkel que el mundo necesita del Viejo Continente y que sus ciudadanos necesitan una Europa fuerte y justa. Siguiendo su pensamiento, podemos decir que preconiza con absoluta claridad la doctrina social de la Iglesia.

Un Papa reformista

"En la Curia hay gente santa, de verdad, hay gente santa. Pero, también hay una corriente de corrupción, también hay, es verdad", admitió el Papa en una audiencia concedida el 6 de junio.

"Se habla de 'lobby gay', y es verdad, está ahí (...) Hay que ver qué podemos hacer", agregó.

Pero el golpe de timón para solucionar la gran problemática que lo esperaba para reformar la curia vaticana lo dio a mediados de abril cuando anunció la creación de un consejo de ocho eminentes cardenales procedentes de Italia, Chile, India, Alemania, República Democrática del Congo, EE.UU., Australia y Honduras, que son sus consejeros en el gobierno de la Iglesia universal y deberán estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica "Pastor Bonus", que regula desde 1988 la curia romana.

El Papa ha dicho que la Iglesia no es una organización burocrática, sino "una historia de amor". "Habrá reformas, de eso no hay duda, pero se harán con discreción".

Así, organizó una comisión investigadora que tiene como fin detectar problemas organizativos y económicos y simplificar la administración del Vaticano. Su objetivo es, entre otras cosas, evitar el despilfarro. Además, aprobó una reforma del Código Penal del Vaticano que refuerza las sanciones contra la pederastia y fortalece las medidas represivas en caso de corrupción y lavado de dinero.

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