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El cuestionario del último VII Censo de Población y Vivienda llevado a cabo en el país el 28 de noviembre del 2010 no incluía ninguna pregunta respecto a la filiación religiosa.

Pero en agosto del año pasado el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) presentó las primeras estadísticas oficiales sobre filiación religiosa en Ecuador, en el cual, basándose en un muestreo realizado entre 13 211 personas en cinco ciudades concluyó que un 91,95% de los 14,3 millones de habitantes tiene una religión. Y, de este porcentaje, el 80,44% es cristiana católica.

Eso sí, únicamente tres de cada diez personas que se identifica con alguna creencia asiste a los servicios religiosos al menos una vez a la semana.

La cifra del INEC y el reporte de Prolades (Programa Latinoamericano de Estudios Sociorreligiosos, que clasifica los grupos religiosos en América Latina y el Caribe), citado en el Reporte de Libertad Religiosa 2011 de la Embajada de Estados Unidos en Quito, coinciden en que la religión protestante es la que ocupa un segundo lugar, con una preeminencia del Cristianismo Evangélico y la iglesia de los Testigos de Jehová. Hay un 5,92% que se identifica con credos como islam, hinduismo, religiones indígenas y afroamericanas e iglesias pentecostales, entre otras.

¿Cómo llegan las personas desde los templos católicos a las asambleas cristianas y, sobre todo, qué las hace quedarse ahí? El testimonio de Doris Quishpe ofrece algunas pistas. Desde pequeña su madre la llevaba a misa, eran practicantes, pero, según relata, nunca se sintió identificada. "Algo me faltaba, podía ir a misa todos los domingos pero no me sentía llena, conforme, feliz".

Se casó a los 18 años para salir de su casa, donde pasó muchas necesidades económicas durante su niñez. Su matrimonio no duró mucho. Llegó a la iglesia de los Ministerios Eloim a través de una de sus tías que es cristiana evangélica. "Tenía como 25 años cuando conocí al Señor, empecé a ir a los cultos, me quedaba en las reuniones y poco a poco me fue gustando más".

Ahí asegura que, con el apoyo del pastor y de la comunidad, empezó a sentirse llena, amada, comprendida. Pudo desahogar las penas de su vida y "aprender a ser feliz".

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