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Las noticias acerca de los pueblos que viven, en el Yasuní, en aislamiento voluntario, los Tagaeri y los Taromenane, resultan inquietantes para todos. No sabemos qué pensar ni qué debemos hacer. Algunos pensarán, como pensaban quizá los misioneros, que son salvajes a quienes hay que darles los beneficios de la civilización. Otros, decepcionados de la civilización y sus supuestos beneficios, pensarán que, tal vez, ellos son más felices. Las Naciones Unidas encontraron una solución de compromiso: respetar su derecho a vivir en aislamiento. No se puede decir que el aislamiento sea voluntario porque no conocen otra manera de vivir. Nosotros, en cambio, aunque quisiéramos vivir como ellos, no podríamos. Su existencia nos obliga a replantearnos el concepto de felicidad.

Algo de ellos que intriga es la posibilidad de vivir con pocas necesidades. Nosotros nos hemos impuesto un modelo de felicidad que consiste en satisfacer todas las necesidades. Mientras más necesidades satisfacemos, el mercado nos crea otras tantas nuevas y la felicidad sigue siempre diferida. Con el incremento de la población, el agotamiento de los recursos y el deterioro del medioambiente, hemos empezado a pensar en que, tal vez, nunca podremos, todos, satisfacer ni las necesidades mínimas. Así apareció la angustia y la violencia en la vida social. La convicción de que no hay planeta para todos o de que, finalmente, no habrá planeta para nadie, nos ha conducido a repensar todo el sistema.

El actual sistema está constituido por empresas anónimas y globales que depredan los recursos con voracidad desmedida y creciente; se suponía iban a ser controladas por el Estado, pero ahora tenemos Estados depredadores pues son ellos los que controlan, explotan, reparten y agotan los recursos naturales.

Consciente de esta realidad, el filósofo francés Serge Latouche inició su cruzada contra el desarrollo y planteó su propuesta alternativa que consiste en generar economías locales, ecológicas y democráticas. A los seguidores de esta corriente les pareció inspirador el concepto de Sumak kawsai (buen vivir), tomado de la filosofía de los pueblos primitivos de América, que proponía contentarse con satisfacer las necesidades primarias, no acumular riquezas y vivir en armonía con la naturaleza. A esto se sumaban los principios de no robar, no mentir y no ser ociosos. Este ideal planteado en la Constitución ecuatoriana ha quedado solo en papel.

Antes de decidir, políticamente, si los pueblos en aislamiento existen o no existen; antes de ubicarles o eliminarles de los mapas; antes de tomar decisiones irreversibles, deberíamos meditar un poco en aquellos que llamamos salvajes, en lo que pueden enseñar con sus modos de vida a quienes nos consideramos civilizados y somos los verdaderos salvajes pues estamos destruyendo el planeta en que vivimos.

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