Tiempo de lectura: 3' 56'' No. de palabras: 636

Ni siquiera pudo terminarse el orito que peló con tanta expectativa, pero Ferran Adrià sí que disfrutó de su visita al Mercado de Iñaquito. Visita breve, tan breve que los insumos para una crónica resultan escasos; tan breve como los flashes que se desprendían de las pocas cámaras que lo rodearon durante su paseo. Un paseo de sabores y saberes, de preguntas y curiosidades, de colores, olores, gritos... de esos momentos e imágenes que construyen los intercambios culturales.

La visita fue breve por la agenda -la condenada- que llevó a Adrià -chef e innovador, ícono y pensador contemporáneo- de un lado al otro, como un suspiro sin respiro. Él, muy fresco, muy buena onda, muy curioso... pero el orden que lo rodeaba le imponía una ruta a seguir y un tiempo por cumplir; los hornados y ahora los mariscos, las especias y ahora las frutas, el saludo y ahora... al auto, que "debemos correr a otro lado".

Sin embargo, Ferran Adrià -el mentor de la cocina de vanguardia, el responsable de que la gastronomía sea cátedra universitaria- adquiría en el segundo un nuevo conocimiento o aclaraba la inquietud. Que si los cangrejos de la sarta aquella eran de manglar o de río; que cómo se llamaba aquel tubérculo amarillo; que qué clase de plátano se metió en la boca; que cuál es esa extraña especia que conjuga maní con sal...

Maní con sal y maíz... la sal prieta fue motivo de una pausa en ese afán. Una pausa que Adrià la recreó para sus adentros, escudriñando en su memoria los orígenes del maní y proyectando en su mente las reflexiones de por qué esa leguminosa resultaba tan popular en la cocina de la Costa ecuatoriana. "Es manaba", le dijo el vendedor mientras abría la tarrina. Y ante el ofrecimiento, Ferran no se resistió, hundió el dedo, se lo llevó a la boca, deleitó el gusto...

Para que el recuerdo no sea solo palatal, decidió conservarlo en imagen: una foto de un rincón del Mercado de Iñaquito trasciende los Andes, cruza el Atlántico e incide en el pensamiento de Ferran Adrià, la cabeza de la fundación ElBulli, uno de los hombres más influyentes según la revista Time.

A pesar de estar rodeado por un séquito, que sugería cierta popularidad en su persona, pocos ojos reconocían quién era Adrià. Si junto a los cangrejos se detuvo para posar para una foto con una oportuna señora; junto a los puestos de frutas hacía falta que algún pregonero o 'groupie' advierta a los demás: "Es el mejor chef del mundo".

Claro, esa mención a Adrià poco o nada le importaba. Seguro de su experiencia y administrando su ignorancia, Ferran sabe que es uno de los grandes; y sabiéndolo no se envuelve de divismo ni parafernalia alguna. Sin embargo, tras el pregón de "el mejor del mundo", las vendedoras y las 'caseritas' apuraban el trajín y el genio para engalanar o corregir su puesto, para sacarle brillo a la fruta y hacerse de un huequito para la foto... esa foto que se impone desde la novedad.

Novedad, como novedad fue para Ferran la diversidad de productos que se ofrecen en un mercado ecuatoriano, un mercado que pasó la prueba del chef.

"Todos nos influenciamos porque todo viene de algún lado. El punto es ser honestos y asumir la influencia sin hacer lo mismo".

"La cocina tradicional no existe, porque es una manipulación. Lo que existe es la comida regional".

"La cocina de vanguardia no tiene nacionalidad, porque no se aceptaría que en Ecuador hagan cocina contemporánea española".

Califique
2
( votos)