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El asalto al tren de Glasgow, considerado 'el robo del siglo', celebra mañana su 50 aniversario con el recuerdo de la complejidad del método desplegado por los ladrones, que llevaron a cabo un atraco perfecto.

Precisión milimétrica y cuidada preparación fueron los ingredientes para que 17 delincuentes -quince ladrones y dos informadores- entraran en la historia la madrugada del 8 de agosto de 1963 al interceptar y desvalijar uno de los trenes más famosos del Reino Unido, que llevaba un cargamento millonario.

Era el tren correo entre la ciudad escocesa de Glasgow y Londres, que transportaba hasta 126 sacos repletos de dinero procedente de los bancos situados entre ambas localidades, que viajaban al abrigo de la oscuridad y cuyo contenido era conocido por unos pocos hombres.

Bajo uno de los puentes que habían de atravesar aquella noche les esperaban la banda de Ronnie Biggs y Bruce Reynolds: 15 ladrones escogidos por las especiales habilidades que podían aportar a una operación que, de producirse de acuerdo con el plan, los retiraría para el resto de su vida.

En torno a las 3:15 de la mañana el tren, que estaba apenas a 65 kilómetros de Londres, se paró inesperadamente bajo el puente Bridego, en el condado inglés de Buckinghamshire.

Era el primer éxito del plan ideado por Reynolds, que con una batería portátil cambió las luces del semáforo y forzó a la maquina a parar tras haber confirmado a medianoche, gracias a un informador en Glasgow, que el tren portaba todas las sacas de dinero de los bancos.

Tenía que ser ésa entre todas las noches la elegida para dar el golpe puesto que las entidades habían cerrado su ejercicio tres días antes y, tras haber vaciado sus cajas fuertes, enviaban el dinero a Londres para ponerlo a buen recaudo.

A bordo del tren iban el maquinista, Jack Mills, y su ayudante, que bajó para descubrir por qué se había parado el tren y se dio de bruces con los ladrones disfrazados de soldados, que le ataron sin mediar palabra y subieron al convoy.

Mills presentó resistencia y fue golpeado con una barra de metal por los delincuentes; fue la única violencia desplegada en la operación, que concluyó en pocos minutos con el robo de 118 de los 126 sacos de dinero, que desaparecieron en el interior de dos furgonetas y un camión.

Todo salió de acuerdo con un plan que tardó varios años en tomar forma en la mente de Reynolds, que supo de la existencia del tren de Glasgow en una confidencia carcelaria en 1960.

Los creyó imposible al principio, pero un reencuentro inesperado en Londres con su antiguo compañero Biggs, tres años después, dio alas al proyecto y la reunión de socios para el golpe se completó en pocas semanas.

Pero hubo algo con lo que la banda no contó: un tablero de Monopoly que sirvió a los ladrones para relajarse pocas horas después de cometer el robo y en el que quedaron reflejadas sus huellas dactilares, que sirvieron a la policía para identificarlos.

Intentaron huir, pero sólo lo consiguieron con maestría los líderes: Reynolds, que tras someterse a cirugía estética huyó durante cinco años a México y Canadá y Biggs, que pasó 31 años buscado tras su fuga de prisión en 1965 hasta su captura en 2001, cuando volvió voluntariamente al Reino Unido.

Ellos son los nombres de la leyenda, reverenciados por quienes sueñan con el atraco perfecto y recuerdan que del asalto millonario (valorado hoy en 47,5 millones de euros) no se recuperó más que una mínima parte.

Biggs, que a sus 83 años permanece ingresado en una residencia, coordinó a los socios; Reynolds, fallecido hace pocos meses, ideó el plan; John Weather, con su cara de niño bueno, encontró refugio sin levantar sospechas; Roger Cordrey avisó de la llegada del convoy... y así hasta completar una banda inspiradora de películas.

‘Buster’ (1988), asesorada por el propio Reynolds, es la película más fiel, pero otras cintas han contado la historia de una banda que se enfrenta a un robo que parece imposible aunque éste ya no sea en Inglaterra sino en casinos de Las Vegas, con George Cooney y Brad Pitt como cabecillas en ‘Oceans Eleven’ (2001).

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