13 de August de 2010 00:00

Raffo, un ‘crack’ que nunca pudo derrotar a un rival: el cigarrillo

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Luis Cheme.

Son las 09:30. El ex futbolista Carlos Alberto Raffo recibe el sol sobre su rostro, en el balcón del departamento de su hija Gina, ubicado en la ciudadela Los Álamos, al norte de Guayaquil.

Raffo se encuentra sentado sobre los muebles de roble y colchonetas verdes que compró hace 35 años. Sus piernas se levantan sobre una mesa de centro café de la misma época y que conserva las cicatrices provocadas por los cigarrillos que el ‘Flaco’ en algún momento apagó sobre la madera.La intensidad del sol apenas le permite abrir los ojos, pero se encuentra cómodo. Disfruta sentir el calor por las mañanas porque, confiesa, “es el momento indicado para robarle un poco de energía”.

Lo hace siempre después de desayunar y fumarse el primero de los cinco cigarrillos que consume al día. Esa cantidad se redujo, pues hasta hace dos meses el ex delantero de Emelec y de la Selección nacional se fumaba hasta 40 cigarrillos diarios.

Hace un mes Raffo dejó su vieja casa de la esquina de Manabí y Huancavilca. En esa vivienda de construcción mixta y arquitectura antigua, vivió desde 1954 cuando Enrique Ponce Luque, ministro de Estado el Gobierno de José María Velasco Ibarra y dirigente eléctrico, lo llevó a jugar a Emelec después de su paso exitoso por el América de Quito.

Ahora vive en un departamento con acabados modernos. Su hija Gina lo llevó a vivir con ella después de la muerte de su esposa Laura María Orbea (mamá de Gina) y del derrame cerebral que lo mantuvo internado en la Clínica Panamericana por dos semanas el 23 de junio pasado.

No quiere regresar a su antigua casa porque le trae muchos recuerdos que lo deprimen. “Recuerda a mi mamá, a los jugadores de Emelec de su época que lo visitaban después de los partidos para tomar unos tragos”, cuenta Gina. Junto a Henri Magri, Enrique Raymondi y Eduardo ‘Ñato’ García, pasaban noches enteras tomando whisky Caballo Blanco.

Pero extraña su antiguo hogar porque cuando se asomaba a la ventana “por lo menos 100 personas me saludaban, acá nadie me conoce”, dice con una voz pausada que conserva su tono ‘gaucho’ y los acentos en las últimas sílabas (andá, tomá, vení...).

La madrugada del lunes 14 de junio, Raffo había consumido dos cajetillas de cigarrillos y quería más. Gina le había escondido los que le quedaban. Eso le provocó al ex futbolista una ansiedad profunda que desembocó en una trombosis, la cual le paralizó las piernas y le restó sensibilidad en uno de sus brazos.

Esa noche su hija lo encontró llorando y llamando a su esposa. “Me dijo que solo por mí tenía ganas de seguir viviendo, porque el amor de su vida se había marchado”, recuerda su hija.

Para lograr una rápida adaptación los médicos le recomendaron que traslade todos sus muebles a la nueva casa. Duerme en la misma cama que ocupó junto a su esposa, la mesa de comedor tiene el mantel blanco con cuadrados rojos de siempre y la televisión se encuentra sobre el mismo modular café en el que estuvo antes.

Raffo disfruta cada cigarrillo. Lo toma con delicadeza entre sus dedos temblorosos, expulsa el humo despacio y deja que se desvanezca sobre su cara. Su hija guarda siempre una cajetilla para controlar su ansiedad y lo premia con un cigarrillo cuando sigue estrictamente las indicaciones médicas. Pero él se los pide cada dos minutos. En reemplazo le da un guineo o un sándwich. La táctica funciona. Raffo disfruta tanto de comer como de fumar.

Gina recuerda que una noche vio dónde escondió los cigarrillos. Una hora después de que todos se acostaron a dormir, Raffo se despertó y se fumó 17. Las luces estaban apagadas cuando su hija se despertó atraída por el olor a nicotina. Al siguiente día dijo que había tenido una pesadilla: soñó que un cigarrillo se le había caído sobre la cama y se estaba quemando.

Raffo fuma desde los 14 años. Lo hizo incluso durante su carrera futbolística. En una ocasión, antes de un clásico del Astillero, el técnico argentino Fernando Paternoster lo descubrió fumando en el baño de los camerinos del estadio Modelo Alberto Spencer. “Fumá nomás, pero que no te vean tus compañeros”, recuerda que le dijo el estratega.

En septiembre próximo cumplirá uno de sus sueños: viajar a Buenos Aires a visitar a sus dos hermanos. El Consulado argentino le regaló dos pasajes. “Después de eso, podré morir en paz”, termina mientras observa las fotos de su “linda época” de futbolista.

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