25 de junio de 2014 20:49

La frustración se extendió a los graderíos del Maracaná

La hinchada que llegó animada al mítico estadio salió triste después del empate de Ecuador frente a los franceses.

La hinchada que llegó animada al mítico estadio salió triste después del empate de Ecuador frente a los franceses.

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Marcos Vaca Morales
. Río de Janeiro
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Por si hacía falta un masterado en improperios, insultos..., el partido entre Ecuador y Francia; visto en el graderío del Maracaná resultó una actualización de esas palabras que pudieran ofender a alguna institución protectora de las buenas costumbres.

Las frases eran impropias para la cátedra pero válidas -por esta vez- en un graderío.

A lo lejos, unas cuantas gradas abajo, se levantaba uno de los hinchas más enojados.

En su camiseta estaba marcado J. Bolaños y traía una bandera tricolor tatuada Manabí. “Párense chu...” alentaba a la hinchada que estaba detrás del arco de Alexander Domínguez en el primer tiempo.

El problema era que no había cómo quedarse parado porque el público que veía la espalda de ‘Dida’ optó por sufrir sentado el empate.

El Maracaná es tan grande que los gritos de las barras parecían que se diluían rápidamente.

Arrancaba un sí se puede y después de segundos de euforia se interrumpía por una frase de calibre grueso.

Las decisiones del árbitro empezaron a recibir las puñaladas de las malas palabras. ¿De dónde es el hijo...?, averiguaban los indignados como si de la nacionalidad dependiera el insulto a proceder.

Parecería que por culpa de tanto insulto al réferi Songuifolo Yeo, de Costa de Marfil, le llegó la expulsión a Antonio Valencia.

Se gritó innumerables veces “hijue...”, que si insultar fuera infracción; botaban de la cancha a otro jugador.

¿Qué le pasa a Antonio?, era la pregunta que detuvo un rato el repertorio tricolor.

La repetición de la jugada calmó por segundos el ataque al juez africano.

Francia atacaba más y el balón se escapaba por los pies de Oswaldo Minda. Los fracasos en la defensa nuevamente diluían los intentos de J.Bolaños por organizar un coro de cánticos deportivos. Ni el sí se puede ni ninguna otra canción cuajaba.

J. Bolaños llevaba un sombrero del Barcelona de España, le cubría la cabeza y le caía por la espalda una suerte de cola de lagarto.

Para no morderse la lengua, agarraba el vaso rojo de cerveza y se lo ponía entre los dientes.

La única canción que cuajó fue el Himno Nacional al inicio de la ceremonia del encuentro. Ese fue el único momento de protocolo.

El sol cayó (los goles no) y se encendieron las luminarias del Maracaná. Hasta eso fue motivo de insultos. Las luces eran rojas y azules como los colores franceses y las suspicacia ayudó a crear más frases poco académicas.

El árbitro concluyó el partido. Silencio... hasta que J. Bolaños logró cuajar un cántico.

Era una suerte de agradecimiento por la emoción de sufrir. Los aplausos solo llegaron para Alexander Domínguez, golero de la Tricolor, cuando apareció como mejor jugador del cotejo, el único consuelo de este partido de actualización de esas palabras que no se pueden escribir.

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