28 de June de 2012 00:26

Romarinho enmudeció a La Bombonera con su empate

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Preso de sus propios nervios, Boca Juniors no supo imponer su condición de local y menos aún de su palmarés frente a un áspero, pero disciplinado Corinthians.

Debutante en lo que es una final de la Copa Libertadores, regresa a casa con un promisorio 1-1 y mira con ilusión el partido de vuelta, el próximo 4 de julio.

El nombre de Romarinho quedará grabado en la memoria de Boca. Tiene adentro el ADN de su padre, el gran Romario, uno de los más extraordinarios definidores del fútbol moderno.

La primera pelota que tocó, en el minuto 85 fue gol y de una definición sutil, tal como lo hacía su padre, apenas acariciando la pelota por encima del arquero Agustín Orión.

Fue lo único que pudo silenciar a una Bombonera que veía a un Boca Juniors dominante y que creyó que se hacía justicia cuando Facundo Roncaglia, en el minuto 77, anotaba de cabeza en una jugada que fue la expresión leal de lo que fue Boca.

El cuadro local dominó pero careció de claridad. En el primer tiempo fue la demostración de que eso no significa claridad y mucho menos eficacia.

Tuvo que esperar hasta el minuto 34 del primer tiempo para que el remate de chilena de Santiago Silva tuviera su primer tiro al arco, que ni siquiera obligó a intervenir al arquero Cassio.

Recién a los 4 minutos del segundo tiempo se vio una jugada colectiva que derivó en un remate peligroso, apenas desviado, de Juan Román Riquelme.

Aunque sin mostrar un gran juego, con despejes desesperados cuando no era necesarios, Corinthians se refugiaba (llegó a defenderse en un tiro de esquina con los 11) y apelaba al contragolpe.

En realidad, fue el cuadro dirigido por Tité el que tuvo su mejor oportunidad: el remate de Paulinho, a los 7 minutos, que exigió mucho a Agustín Orión.

Si Boca llegó a esta final con el cartel de equipo experimentado en este tipo de finales, no fue algo notorio. Algunos jugadores ‘xeneizes’ no lograron soportar la presión ni controlar su carácter.

A varios se les notaba incómodos, molestos consigo mismo, ofuscados, sobre todo Walter Erviti y el mismo Roncaglia, quienes entraban constantemente en acaloradas discusiones con sus rivales y con el árbitro chileno Enrique Osses, de flojo desempeño (no sacó una segunda amarilla a Roncaglia pero se la mostró a Juan Riquelme por protestar).

Fue un partido discreto técnicamente, como suelen ser las finales. Boca no fue preciso, dividía demasiado las pelotas y exageraba en los pases largos, desde su propia cancha, para aprovechar la potencia de Silva, o el ollazo, el centro desde el costado, como único recurso para perforar un equipo encerrado atrás.

Lo que sí demostró Corinthians es una perfecta disciplina táctica en el campo de juego. Presionó en los sectores en que eran necesarios. No hizo marca personal a Riquelme, sino escalonadamente; trataba de sofocar a Clemente Rodríguez, que es la válvula de escape por izquierda y a Pablo Mouche.

Boca irá a Brasil con un resultado que no le ha sido ajeno en otras finales de Copa Libertadores, en que ha empatado de local y ha revertido el resultado en condición de visitante.

Boca, incluso, a veces juega mejor lejos de casa. Esa es la gran confianza que tiene la hinchada que salió ayer del estadio cabizbajo con ese resultado que no esperaba, por lo que se vio en el campo de juego. Pero en el fútbol, merecimiento es algo que no existe. Corinthians, en cambio, salió conforme con el marcador.

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