23 de June de 2013 12:45

El Mundial, un asunto de ricos

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Una de las tristes lecciones que dejan las manifestaciones en Brasil es que el Mundial es una fiesta que solo la pueden organizar los ricos. El máximo torneo del mundo ya no está al alcance de los pobres, de los países que no tienen resueltos sus problemas de servicios básicos, transporte y acceso a la educación. ¿Cómo es posible que una nación se gaste 15 mil millones de dólares en un torneo? La sola pregunta hace temblar de furia las cejas, sobre todo si quien pregunta no tiene qué comer en la cena.

El Mundial dejó de ser un encuentro deportivo. Es, en última instancia, un duelo comercial. Nike contra Adidas. Real Madrid contra Barcelona. Los guapos contra los más guapos. El éxito de la competencia se lo mide en cuántos auspiciantes se consiguen, en cuántos televidentes se juntaron y no tanto en el nivel de juego. Por eso, los partidos de este universo materialista no se pueden desarrollar en estadios normales, sino en faraónicas joyas tecnológicas que, por supuesto, no abundan en el Tercer Mundo.

La soberbia de Lula le llevó a creer que el desarrollo de Brasil –evidente pese a todo- le hacía merecedor de organizar un Mundial y, de paso, unos Juegos Olímpicos. Quiso, como todos los políticos, enquistarse en un símbolo para pasar a la historia. La historia, señoras y señores, le está ajustando las cuentas: el país del fútbol no quería un Mundial sino progreso de verdad.

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