24 de May de 2010 00:00

Una marea amarilla en el Salado

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Elena Paucar.

Bajo la luz roja de un semáforo, un bullicio estremecía a la av. Barcelona. Un coro de tambores y banderas amarillas flameando desde las ventanas de dos buses alertaron a los conductores.

Sus charlas los delataba. Eran quiteños que llegaron a Guayaquil, a las 13:00, para ver el partido contra la Liga. Sus gritos se fundían con el estruendo de otros aficionados y revendedores de entradas que, a esa hora, empezaban a rondar el estadio Monumental del Salado.

En una esquina, un parlante atado a un poste retumbaba. Y la voz del fallecido poeta Fernando Artieda revivía. “Un borrachito con una botella de trago en la mano temblorosa decía: ahora solo nos queda Barcelona”. Es parte del poema ‘Pueblo, fantasma y clave de J.J.’ que hacía eco en la acera donde Juan Rodríguez improvisó su puesto de camisetas.

Enfrente, en el parterre, un olor a refrito atraía a los fanáticos. Ahí, en una parrilla humeante, Marjorie Rodríguez destapaba las ollas con guata, tallarín y cocolón. “Preciso. Para gritar bien esos goles”, decía Leandro Cuenca, quien optó por un plato de USD 0,50.

El vaivén de los hinchas no paraba. Era un oleaje amarillo que contrastaba con el pasivo estero Salado. Sobre ese brazo de mar, desde el paso peatonal que une al estadio con la parroquia Febres Cordero, Flor Castro y sus cuatro hijos veían a las familias, los tambores, los policías... “La entrada es cara, por eso los traigo para que vean la previa en el puente”.

Junto a las puertas de tribuna, general y preferencia, las filas de hinchas se extendían como venas alrededor del estadio. Sus gritos y banderas marcaban el pulso tres horas antes del encuentro. Entre la multitud, Medardo, el hincha chiro, pedía moneditas para comprar un boleto. “Apóyame, que estoy remando”, decía mientras mostraba un viejo gorro.

Cerca, cinco jóvenes lojanos se quitaban la pereza con ‘puntas’. “Con un traguito nos ponemos a tono”, comentaban tras un largo viaje, de más de ocho horas. Otros, como Perla Cabrera, viajaron tres horas. Morena y de cabello rizado, llegó desde Machala para anclarse en la Sur Oscura. Un jean a la cadera, ajustado, la camiseta amarilla amarrada en la cintura y los tacos aguja eran su uniforme.

Adentro, el furor de las barras inundaba la cancha. Una mezcla de sudor, cigarrillo y cerveza recorría los graderíos de la tribuna oeste. “A reventar... la hinchada del Barcelona señores...”, decía con voz ronca y grave un radiodifusor de una emisora local. Juan Vega estaba atento a su relato y a la información que daba.

En un momento, una lluvia de chiflidos llamaron su atención. Era un desfile de camisetas blancas que alteró a los amarillos, era la barra de la Liga, ubicada en un sitio apartado, en la preferencia.

Pero, otros se arriesgaron a fundirse entre los barcelonistas. Como tregua tuvieron que hacer un ritual. Con devoción, Daniel Aguirre se quitó su camiseta blanca del Barcelona y se la puso a un quiteño que entre risas aceptó el pacto. El rito se cerró cuando besó la bandera amarilla y negra. “Tiene que jurar gritar nuestros goles... porque hoy ganamos”.

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