12 de April de 2012 23:06

Emelecistas festejaron dramático paso a los octavos de final de su equipo

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Los hinchas se reunieron en la calle Víctor Emilio Estrada, que, en lo que respecta a festejos de fútbol, es el equivalente en Guayaquil a la Plaza Foch o la Plaza del Teatro en Quito.

Los festejos eran desquiciados. No era para menos. Emelec había clasificado a los octavos de final de la Copa Libertadores de América como lo hace un auténtico bipolar: con el marcador abajo, igualado, a su favor, parejo de nuevo, y, finalmente, milagrosamente, favorable a ellos en el tiempo extra, a dos minutos del final. El bombillo superó 3 a 2 al Olimpia de Paraguay. Y lo hizo de visitante, en el estadio Defensores del Chaco de Asunción.

Los hinchas liberaron la tensión del cotejo deportivo con cervezas. Juan Fernández, de 32 años y una barba selvática, salía de una tienda cargando, con su mano izquierda, un paquete con seis de esas bebidas heladas y, con la otra, una bandera de Emelec desteñida. No lucía la camiseta de su equipo, pero sí una celeste, llana, que no desentonaba del todo con la oficial.

En una esquina, Carla Arellano, de 34 años, dirigía a un grupo de hinchas emelecistas como una auténtica directora de orquesta. Frente a ella, un cerro de jóvenes seguía sus frenéticos pasos al pie de la letra: saltaban como si tuviesen resortes en sus zapatos, coreaban cánticos azules que sabían de cajón, gritaban hasta quedarse sin garganta.

Cerca de ahí, cinco hinchas saltaban sobre el balde de una camioneta Chevrolet estacionada. Los carros que pasaban por ahí se contagiaban de ese fervor y pitaban tres veces de corrido: el número de sílabas que tiene el equipo. No faltaron los hinchas barcelonistas que, a su paso, arrojaban insultos. Diego Solórzano, de 28 años e hincha de Emelec, cortó de raíz uno de esas frases ofensivas para el club de su alma: “El miércoles nos vemos”, se limitó a responder, haciendo alusión al Clásico del Astillero que se disputará el próximo 18 de abril, en el estadio Banco de Pichincha de propiedad de Barcelona.

Pedro Arellano, de 17 años, arqueando su cuerpo hacia atrás, como para gritar con más fuerza, se esforzaba para que sus griteríos resaltaran del resto. Los carros, a esa altura, pasaban lento. A pesar de la hora, las 20:30, por el sector se formó un inusual tránsito vehicular. Curiosos conductores veían los espectáculos que se formaban en cada esquina.

Un muchacho descamisado levantaba su camiseta azul y la hacía girar velozmente, como una hélice. Cuatro estudiantes universitarios, con sus espaldas cómodamente apoyadas en un carro rojo, recordaban las mejores escenas del partido. Uno de ellos, Diego Bustamante, hasta las representó teatralmente. Los pasajeros de un bus asomaban por las ventanas y, más que sus cabezas, lo que dejaban ver eran sus sonrisas de satisfacción, propia de quien acaba de ver una hazaña, como todas, inesperada.

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