18 de junio de 2014 23:10

Lo que provocan 90 minutos en el cerebro de un hincha

Foto: Mauricio León / EL TIEMPO
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Tomado de El Tiempo de Bogotá. GDA
Bogotá
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Tan intensas como fugaces, las emociones de un aficionado al fútbol pueden llevarlo a la muerte.

En el Parque de la 93, de Bogotá, hinchas de la Selección Colombia celebran su victoria ante Grecia.

"En un clásico contra Santa Fe, en el primer torneo del 2011, cuando Millonarios metió un gol grité tanto que sentí que la cabeza se me iba a estallar, me dio mareo, me tocó sentarme, se me fueron las luces, empecé a llorar.

Ese día me asusté porque no podía pararme, me temblaban las piernas, no podía sostener el cigarrillo en las manos. Recuerdo que me caí. El arquero tiró uno de sus guantes a la tribuna y me boté por encima de todo el mundo, terminé en el piso, cuatro escalones abajo".

Andrés Felipe Cruz vuelve a emocionarse con solo recordar un partido que vio hace más de tres años.

Relata que una semana antes de ver un encuentro Millonarios vs. Nacional se "enferma": "No puedo dormir, no puedo comer. Me la paso viendo videos de las barras. Es una preparación sicológica". Cuando llegan los 90 minutos ese "algo inexplicable" se apodera de su cuerpo.

"Antes del partido me acabo las uñas, me dan náuseas, me estreso. Viendo el partido se me acelera el corazón, empiezo a gritar, me cojo la cabeza y el pelo, se me va el aire, soy grosero, y si llegan a meter un gol me ataco a llorar y abrazo a desconocidos.

Hay un momento en el que uno estalla (…) No puedo ver sentado un partido y puedo fumarme un paquete de cigarrillos. Ir al estadio es mi droga, me libero muchísimo. Nunca he salido del estadio con voz".

​A sus 12 años Andrés –un chef bogotano de 22 años- tiró un perro caliente al entonces jugador del Atlético Nacional Víctor Hugo Aristizábal, renunció a dos trabajos para asistir a dos partidos de fútbol y vio algunos encuentros en su pórtatil, el cual encendía en el baño de su lugar de trabajo.

La bandera de Millonarios lo acompaña en cualquier viaje y este miércoles 18 de junio marcha por el cumpleaños número 68 de su equipo.

Las emociones que siente un aficionado al fútbol son tan intensas como fugaces: placidez, alegría, asombro, miedo, angustia, tristeza, dolor, desprecio, ira, conformismo y placer. Jairo Zuluaga, médico y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, afirma que esas alteraciones de ánimo se aprenden.

Para explicar cómo funciona el cerebro humano, en especial, el de un hincha, el neurofisiólogo propone imaginar una cebolla. En el centro están lo instintivo y lo emocional -donde se encuentran las emociones primarias-, le siguen lo automático y lo inconsciente, luego están lo complejo y lo consciente, y finalmente, hacia la periferia de la cebolla, están lo cultural y lo social –donde están las emociones secundarias-.

Esa estructura justifica por qué luego de una emoción surgen respuestas automáticas que no se controlan: latidos rápidos, respiración interrumpida, labios temblorosos, piernas debilitadas, cara ruborizada, pupilas dilatadas y sudoración. A su vez, las emociones que despierta un partido de fútbol modifican los niveles de endorfina, endocanabinoides y dopamina, sustancias químicas que transmiten información entre las células del cerebro y se liberan en momentos de placer, estrés u otra emoción. Estas moléculas bloquean la sensación de dolor.

"Si la pasión se excede y se alcanza un alto nivel de estrés, los cambios inducidos pueden afectar la salud del hincha y, en casos extremos, llevar a la muerte", asegura el docente.

En el pasado mes de mayo el país lamentó dos muertes de hinchas, quienes fallecieron cuando festejaban la victoria de sus equipos. Luis Andrés Martínez, un hincha del Atlético Junior de 14 años, murió cuando celebraba la clasificación de su equipo a la final del fútbol colombiano. Sufrió un infarto mientras corría y blandía la bandera rojiblanca.

"Era un niño sano, deportista, siempre alegre", afirmó en ese entonces su madre a EL TIEMPO. Días más tarde, falleció Nataly Monsalve, una seguidora del Atlético Nacional de 19 años, quien también padeció un infarto mientras ovacionaba a su equipo en la final del mismo torneo.

Zuluaga recuerda la importancia de regular las emociones: "Social y culturalmente una persona aprende a modular sus emociones. Un hincha siente rabia pero se autorregula porque entiende que el fútbol es un juego". El médico insiste en que esas emociones no nublan la razón: "Se puede tener la suficiente razón para dominar la pasión".

El tiempo subjetivo es otro concepto científico que se lee en la hinchada. El especialista reconoce que la pasión que se vive en los estadios y ante una pantalla cambia la dimensión del tiempo, que transcurriría lento cuando se pierde y aceleraría cuando se acerca la gloria.

"En el momento de cobrar un penalti, el futbolista maneja un tiempo subjetivo distinto a los tiempos que manejan el árbitro y el público, por ejemplo".

Zuluaga también se refiere al altruísmo humano, el cual se presenta cuando el aficionado se pone en los zapatos del jugador lesionado. "Son similares la reacción celebral de quien recibe un golpe y la de quien ve la escena. Es un fenómeno cerebral".

Emocionarse en un estadio también tiene una lectura científica. El neurofisiólogo anota que, de acuerdo con la neurociencia moderna, el contagio emocional que se vive en las tribunas obedece a que el cerebro humano trabaja con redes comunicativas, una individual y una comunitaria, la cual es llamada consciencia colectiva.

En ese sentido, el docente cuenta que las emociones que sienten los hinchas de los equipos victoriosos pueden perder intensidad, ya que los aficionados a un equipo de fútbol que ha ganado varias veces presentan una "desensibilización al éxito". Incluso, asegura que pueden emocionarse más los hinchas de un equipo en ascenso que alcanza un triunfo. "Cuando nos enfrentamos a un estímulo conocido, lo vamos dejando de lado", precisa.

Mientras con el tiempo algunos hinchas se desinteresan por los estímulos que representan el éxito o el fracaso, otros aficionados al fútbol se convierten en fanáticos.

En esos casos, argumenta el médico, "el sistema nervioso se vuelve dependiente del estímulo (…) El modelo cerebral de un adicto a las drogas y al alcohol es similar al de un adicto al fútbol, a la religión o al trabajo".

Tanto hinchas como fanáticos coinciden en buscar el placer, según el experto, quien recuerda que los equipos que se venden como marcas pasionales y el interés que tiene el neuromarketing en el fútbol. "El deporte moderno está mercantilizado. Su industria juega con la pasión de las personas", dice.

El neurofisiólogo concluye su análisis científico con una reflexión dirigida a los padres de los niños aficionados. "A través del buen ejemplo y la autorregulación de sus emociones, los niños deben aprender a ganar y perder. Se les debe enseñar a construir otredad, es decir, a entender que los otros sienten, sueñan y gozan de una forma distinta".

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