7 de septiembre de 2016 16:16

Quinteros está fracasando, y quizás eso sea lo mejor

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Alejandro Ribadeneira
Comentarista, @guapodelabarra

Todos se preguntan qué pasó para que la Tricolor pasara en pocos meses de ser el arrollador equipo que doblegó a Argentina a ese lánguido y triste combinado que en este año solo pudo verse bien ante la superpotencia mundial de Haití. Esa pregunta no es correcta, pues no ha pasado nada raro en este año.

Lo extraordinario, lo increíble, lo fuera de serie fue que Ecuador ganara en Buenos Aires e hilvanara cuatro triunfos al hilo en las eliminatorias el año anterior. Lo raro no es este doloroso presente en que los sueños se desinflan, pues este presente se ajusta adecuadamente a la realidad y cotidianidad del fútbol ecuatoriano.
¿Tenemos cracks en Europa? No. Antonio Valencia y Cristhian Noboa son estupendos jugadores, pero son los únicos. Los demás ‘legionarios’ son actores de reparto que a veces ven la función desde las gradas. El único que se perfilaba para ser otro crack a lo grande ha sido suspendido por dopaje. Qué dolor. Qué vergüenza.

¿Tenemos escuelas o clubes que forjen jugadores en todos los puestos? No. Ya estamos con dos nacionalizados en el arco. No hay centrales. No hay gente por la izquierda. Y lo que es peor, a este paso no tendremos ni clubes. La crisis los está matando, literalmente. Eso genera que los planteles profesionales pierdan jerarquía y que las juveniles, simplemente, se pierdan.

Se pondrá el ejemplo de Independiente del Valle, pero solo es una cantera. Necesitamos diez canteras, activas, vigorosas, repletas de valores que se desenvuelvan en torneos de alto nivel. Y cómo puede haber torneos de alto nivel con estos clubes que apenas tienen para el bus. Imposible.

¿Tenemos un campeonato competitivo? No. Cada vez el nivel luce más y más bajo. Y eso ha generado que el hincha, que puede ver fútbol de alto nivel en la comodidad de su casa, prefiera usar el control remoto. No tenemos estrellas en nuestras canchas. Quizás el Kitu o Álvez, pero se necesitan más para que la gente vaya. El fútbol es espectáculo. Es pasión.

¿Tenemos dirigencia? Mejor no digamos nada.

Gustavo Quinteros no es responsable de todo esto, que tarde o temprano debía reflejarse en la Selección. "Se juega como se vive". De lo que pasa en la cancha, el entrenador es responsable del 30%. Del otro 70 deben responder los jugadores.

El problema, no obstante, está en que Quinteros se ha esmerado en que su 30% de responsabilidad sea lo peor posible. Está fracasando. La Tricolor no toca. No corre. No asusta. No tiene jerarquía. No tiene prestancia. No tiene cabeza fría. No se siente ganadora en el Atahualpa, lo cual es peligroso, desnaturaliza al grupo a niveles irresponsables. Quinteros confunde la confianza que debe tener en sus jugadores con la obsesión. Y ha logrado lo increíble: desperdiciar una amplia ventaja para caerse a puestos de repesca. En otras palabras, se acostumbró a perder.

¿Esto puede ser peor? Para la Selección, al menos, hay tiempo para recomponer y poner freno a esta caída libre. La Tricolor puede ser de nuevo ese espejismo que oculta la triste verdad. Pero para el fútbol ecuatoriano, que se hunde más y más en la decadencia, parece ser muy tarde. Quizás sea mejor caer eliminados y empezar de nuevo.

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